Apuntes sobre la elección del nuevo presidente del Banco Interamericano de Desarrollo 0 227

Gabriel Puricelli

El 12 de septiembre Mauricio Claver-Carone fue electo presidente del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) por un período de cinco años rompiendo la tradición de que la presidencia de la entidad fuera ejercida por un latinoamericano.

Esa había sido la regla no escrita a partir de la fundación de la misma, en 1959, para compensar el hecho de que su sede quedaba en Estados Unidos. Argentina, México, Chile, Costa Rica y los países accionistas miembros de la Unión Europea habían pedido infructuosamente postergar la elección, argumentando explícitamente que las condiciones que creaba la pandemia (incluyendo la imposibilidad de un sufragio presencial) la hacían inoportuna, e implícitamente que un candidato que no contaba con el respaldo del Partido Demócrata no era aceptable en medio del proceso electoral en curso en EE.UU.

Lograr que la política exterior exprese un consenso de los actores domésticos es la buena práctica que prescriben los manuales de relaciones internacional.

La administración del Presidente Donald Trump movió sus fichas con celeridad y (con el respaldo automático de Brasil y Colombia y de una docena de países más), le puso cerrojo a la posibilidad de postergación y se aseguró la mayoría accionaria requerida por el estatuto del BID. La importancia de la elección amerita algunos apuntes analíticos, en sumario apretado:

1) la ruptura de una costumbre (en este caso, reservar la presidencia a un latinoamericano) en el ámbito internacional no es un evento insignificante, ya que erosiona una de las bases sobre las que se organiza el derecho internacional público, que es el derecho consuetudinario;

2) la elección de un estadounidense no sólo rompe la costumbre: vuelve insignificante aquello que América Latina y el Caribe obtuvieron en el momento de la constitución del BID: el poder de veto colectivo que le da tener el 50,015% del poder de voto. Los países de América Latina, al no acordar una candidatura y una estrategia comunes deciden tácitamente cortarse la mano;

3) la decisión de Trump de quedarse con la presidencia del BID es otra más que ignora el consenso dentro del establishment estadounidense (el Partido Demócrata y casi todos los republicanos que precedieron a Trump en cargos de gobierno se expresaron públicamente por la postergación de la fecha de la elección y contra la postulación de un estadounidense)  y es una nueva ocasión para querellarse con la Unión Europea, cuyos países miembros se terminaron por abstenerse en la votación del nuevo presidente;

4) el argumento explícito de Trump para buscar la presidencia del BID es peligroso: contener a China. Tiene el potencial de acelerar una confrontación que América Latina tiene todo el interés en evitar que la tenga por escenario;

5) el argumento implícito de Trump es que la presidencia del BID vale dos monedas. No es más que un nombramiento de favor para un aliado político que lo ayuda (nada menos que) a conseguir votos en Florida para no perder el Colegio Electoral en noviembre. Trump extiende la tradición de patronazgo estadounidense, que reserva a todo presidente nombramientos discrecionales en embajadas en países importantes, a un organismo internacional. A diferencia de los embajadores amigos de Trump, cuyos nombramientos caducarán con su salida del poder (sea cuando sea que ésta se produzca), Claver-Carone se asegura un puesto cuyo mandato estará vigente más allá del mandato actual de Trump;

6) la aquiescencia automática de Brasil es el hecho más impactante de la elección. Una vez más voló por la ventana la idea de que la burocracia profesional del Palacio Itamaraty podía actuar como un contrapeso a la voluntad del Presidente Jair Messias Bolsonaro, asegurando así alguna continuidad en la tradicionalmente estable política exterior brasileña. Por el contrario, Brasil no demoró más que unos minutos en respaldar al candidato de Trump cuando su candidatura se hizo pública. El otro país de la región con un gobierno de extrema derecha, Colombia, siguió una línea idéntica. En ambos casos, la noción de interés nacional estuvo completamente ajena a la decisión seguidista;

7) si la capacidad de los países de proyectar poder internacional se basa en múltiples factores, es relevante observar cómo se puso en juego uno de éstos en la elección. Lograr que la política exterior exprese un consenso de los actores domésticos es la buena práctica que prescriben los manuales de relaciones internacional. Pues bien, Trump forzó una candidatura partidista e ignoró una oposición tan unánime como impotente. Puede darse ese lujo, claro: su proyección de poder internacional casi no sufre mella por eso, porque es la principal potencia económica y la única superpotencia militar.

¿Pero qué hay de los países cuya política exterior depende de una ecuación que incluye el poder blando, para los que la coherencia doméstica es clave?.

Empezando por Brasil y siguiendo por los países más pequeños, eso no entró siquiera en consideración en esta elección. En México y Chile, gobiernos con orientaciones políticas opuestas esa consideración fue clave y prevaleció. En Argentina, cuyo gobierno estuvo hiperactivo en su intento de evitar que América Latina perdiera la presidencia, el posicionamiento preservó una vieja tradición, pero no contó con el apoyo público de la oposición parlamentaria y fue antagonizado por sectores tradicionales de la prensa, que abogaron por la aquiescencia y que ahora critican el gobierno por no haber prevalecido en la porfía asimétrica con Washington.

A estos apuntes atravesados por una desazón que no vale la pena ocultar, podemos agregarles una coda esperanzada: los países de América Latina y la Unión Europea que se unieron en la abstención (y que hicieron de Claver-Carone el presidente del BID que llega a la presidencia con menos apoyo en toda su historia), encontraron un denominador común de intereses más allá de la ideología de sus gobiernos. Han marcado una huella que harían bien en profundizar.

En este mundo de multilateralismo maltratado y maltrecho, la oportunidad de construir autonomía y de preservar (viejas) y crear (nuevas) reglas se presenta cada vez más frecuentemente como un ahora o nunca. Hágase conciencia de ello.

GabrielPuricelli, Coordinador del Programa de Política Internacional del Laboratorio de Políticas Públicas. Docente de la Especialización en Estudios Contemporáneos de América y Europa de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires.

Previous ArticleNext Article

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *