Hace unos meses fui a la Fundación Telefónica con mi hijo Martín de nueve años. Al pasar por la exposición sobre la evolución de la telefonía, Martín vio un móvil expuesto cual obra de arte y me dijo: – ¡Mira papá! los famosos indestructibles NoKia.
Era la primera vez que él veía uno de verdad, mientras yo recordaba a mi querido teléfono azul de la juventud. Además de sentirme mayor, sentí vértigo por lo rápido que estaba pasando el tiempo. Es como si toda esta hiper tecnología que vivimos hubiese descubierto también la capacidad de acelerar los relojes, y ya los días no duraran 24 horas.
Pienso en el mundo que heredará Martín: ¿cómo serán las exposiciones en el futuro?, ¿qué paisajes mostrará a sus hijos cuando vayan de paseo?
Cuando tenía tres años fuimos a Consuegra, en Castilla La Mancha, a visitar los molinos del Quijote, un personaje que intento que herede. De allí recuerdo uno de los atardeceres más bonitos que he visto, sobre la suave colina que sustenta al batallón de gigantes aspados.
Pienso que quizá los vecinos del pueblo, cuando los instalaron en el siglo XVI debieron de pensar que afeaban el paisaje, ¿o no?, quizá la estética del momento valoraba más las infraestructuras que los espacios sin intervención humana.
Imagino los miles de molinos de cereal que ya no se conservan en Consuegra y otros lugares de cuyo nombre no recuerdo, pero ellos han llegado hasta nosotros, porque el tiempo y Cervantes les ha dado belleza.
El paisaje está lleno de subjetividad.
Aunque un territorio tenga montañas, ríos o bosques impresionantes, lo que activa nuestra emoción frente a un lugar es un recuerdo, un valor cultural o una sensación de paz— es lo que lo convierte en “bello”. Y todo aquello que modifique de alguna manera “nuestro recuerdo”, tenderá a afear nuestra percepción. La belleza está más en lo afectivo que en lo natural.
No imagino más bonita Ávila sin su Muralla, Ronda sin su puente sobre el Tajo o San Juan de Gaztelugatxe sin su ermita.
De igual manera, como me dedico a las renovables y sé de su importancia para un mundo mejor, Martín y yo vemos los modernos aerogeneradores que se alzan sobre colinas, costas o llanuras con buenos ojos, son nuestros nuevos guardianes del paisaje. Blancos, altos y estilizados, nos recuerdan que la lucha por obtener energía limpia, sin consumir todos nuestros combustibles fósiles, la estamos librando, y quiero pensar que la estamos ganando.
Pero es mucho más que un desafío tecnológico, es un reto dialéctico, filosófico, emotivo. Tenemos que ser capaces de superar nuestro miedo a los cambios y recuperar algo tan complejo en estos días: la confianza en el ser humano. Debemos enseñarles a las nuevas generaciones que los grandes cambios que estamos viviendo son y deben ser para construir y reconstruir nuestro mundo, no para destruirlo.
Y algún día, dentro de, incluso, siglos, puede que las generaciones futuras mirarán estos aerogeneradores como nosotros miramos hoy los molinos manchegos: con admiración y respeto. No tengo duda, que para entonces quedarán ya muy pocos, pues la tecnología será aún más avanzada, y puede que sean muy diferentes a los de ahora.
Pero los molinos de hoy, quedarán también en la pluma de algún poeta o historiador, como los gigantes que nos ayudaron a cambiar el rumbo para vivir mejor y cuidar de aquellos paisajes con los que soñamos, y con los que otros también soñarán.
Lucas Monsalve, Mediador en conflictos de renovables en Mediación Verde.

