Ximena Ugarte Luiselli, es una las profesionales más reputadas en temas ESG de México. Lleva más de 25 años impulsando la sostenibilidad empresarial y apostando por una regulación moderna y basada en buenas prácticas. Proclama, con razón, que la sostenibilidad corporativa y la responsabilidad social no se delegan. Se asumen, se lideran y se integran al negocio desde la más alta dirección, y no deben delegarse únicamente al ámbito de las Fundaciones.
En los últimos años se ha vuelto cada vez más común escuchar que las Fundaciones Empresariales “implementan los ODS” o que “asumen la sostenibilidad de la empresa”. Esta afirmación, aunque popular, es profundamente errónea y revela una falta de entendimiento sobre la evolución de la sostenibilidad corporativa y su marco regulatorio actual. Atribuirle a una Fundación Empresarial el cumplimiento de criterios ESG, la responsabilidad de representar la sostenibilidad de la empresa o incluso de ejercer su Responsabilidad Social Corporativa (RSC), no solo es un desatino técnico, sino una práctica que debilita la posición de la corporación frente a sus obligaciones reales y compromete su credibilidad.
La sostenibilidad corporativa —hoy regulada y exigible— no es filantropía, ni puede delegarse a una entidad paralela. Se trata de una responsabilidad integral que recae en la empresa y debe estar incorporada en su modelo de negocio. Esto incluye la gobernanza corporativa, la estrategia de riesgos, el cumplimiento normativo, la gestión ambiental y social, la relación con inversionistas y con grupos de interés. Todo esto se sustenta en marcos normativos cada vez más exigentes, como los estándares internacionales GRI, TCFD, CSRD, ISSB, IFRS S1 y S2, entre otros.
Pensar que una Fundación puede cumplir estas obligaciones es no entender el corazón de la sostenibilidad corporativa. Una Fundación Empresarial no reporta indicadores climáticos, no define metas de descarbonización, no rinde cuentas ante reguladores ni gestiona la debida diligencia en derechos humanos o cadena de suministro. Todo esto compete exclusivamente a la empresa. Cuando se traslada esa narrativa o esa carga a una Fundación, lo que se hace es debilitar la estructura de cumplimiento del negocio, crear una falsa percepción de responsabilidad y caer en prácticas cercanas al greenwashing.
La sostenibilidad corporativa no es filantropía, ni puede delegarse a una entidad paralela.
Por otro lado, confundir la función de la Fundación Empresarial con la de la RSC, también distorsiona el verdadero alcance de la responsabilidad corporativa. La Responsabilidad Social Corporativa debe ser transversal a todas las áreas de la empresa. Debe estar integrada en la forma en que contrata, compra, opera, se comunica y se relaciona con sus partes interesadas.
Pretender que una Fundación asuma ese rol equivale a externalizar la ética y la responsabilidad del negocio, como si estas pudieran tercerizarse o maquilarse. Esa es una visión antigua y funcionalmente obsoleta, que no resiste el escrutinio de los nuevos estándares internacionales.
Las Fundaciones Empresariales, en cambio, tienen una razón de ser muy valiosa y totalmente legítima, pero distinta: son el brazo social de la empresa. Nacieron para ejercer la filantropía corporativa de manera profesional, focalizada y de largo plazo. Son la vía a través de la cual las empresas pueden contribuir de forma voluntaria —que no obligatoria— al bienestar de comunidades, a causas sociales, culturales, educativas o de salud. Deben en la buena práctica, estar alineadas al modelo de negocio y reflejar los valores de la empresa e incluso potenciar el criterio social dentro de la visión ESG. Pero su papel es complementario, no sustitutivo. Lo que la empresa debe cumplir por norma, por regulación o por estrategia, no lo puede subcontratar a su Fundación.
Un ejemplo claro de esta confusión es el uso superficial de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS). Muchas Fundaciones Empresariales declaran “alinearse a los ODS” como si eso bastara para acreditar una estrategia de sostenibilidad o darle más credibilidad a las acciones de la Fundación, prácticas asi solo denotan la falta de conocimiento de sus directores. Los ODS no fueron creados para eso. Son una agenda intergubernamental, ambiciosa, diseñada para orientar políticas públicas y acciones sistémicas, que las empresas pueden adoptar como marco de referencia para alinear sus estrategias, siempre y cuando se haga con metodología, indicadores, trazabilidad y rendición de cuentas.
No basta con decir que un programa social “cumple un ODS” para suponer que ya hay una política de sostenibilidad implementada. Si esa alineación no parte desde el negocio mismo —desde la estrategia corporativa— no es más que una narrativa de buena voluntad, sin sustancia técnica ni cumplimiento formal.
Cuando las empresas trasladan su discurso de sostenibilidad o su RSC a sus fundaciones, se corre el riesgo de institucionalizar la simulación: se hace parecer que se está actuando con responsabilidad, pero se mantiene intacto el modelo de operación tradicional. Esto no solo desacredita los esfuerzos reales, sino que impide construir valor sostenible en el largo plazo. En un contexto donde los mercados, los reguladores, los consumidores y los inversionistas ya no toleran el maquillaje reputacional, estas prácticas representan un riesgo claro.
Separar los roles no significa restarle valor a la Fundación; al contrario, le permite profesionalizarse en su ámbito propio: el del impacto social, cultural o comunitario, alineado —si se desea— al giro del negocio, pero sin reemplazarlo. Una Fundación fuerte necesita una empresa fuerte detrás. Y una empresa fuerte debe asumir con liderazgo su sostenibilidad y su responsabilidad social, sin delegarlas.
Hoy, las exigencias internacionales ya plantean con claridad que las empresas deben contar con estrategias ESG sólidas, estructuras de gobierno con expertos en sostenibilidad en sus consejos de administración, y mecanismos reales de seguimiento, cumplimiento y reporte. Ignorar esto o diluirlo bajo el paraguas de una Fundación no solo es un error técnico: es una debilidad estratégica.
La Sostenibilidad Corporativa y la Responsabilidad Social no se delegan. Se asumen, se lideran y se integran al negocio desde la más Alta Dirección, así es como se construyen empresas con propósito, impacto y futuro.
…Y sin embargo, esta distorsión sigue siendo frecuente en México, donde, a diferencia de otras áreas clave dentro de una empresa, se continúa colocando al frente de Fundaciones o de áreas de Responsabilidad Social a ejecutivos sin formación académica, sin experiencia técnica ni trayectoria comprobada en la materia. Esto no ocurre en finanzas, ni en legal, ni en operaciones, ¿o si.
La sostenibilidad y la acción social requieren profesionalismo, experiencia y academia. Por supuesto que hay fundaciones que funcionan muy bien y áreas que trabajan con gran compromiso, pero si se profesionalizara de fondo, si se entendiera con claridad el corazón tanto de una Fundación Empresarial como de un área de Sostenibilidad Corporativa, se trabajaría con mucho mayor impacto, coherencia y eficacia.
Mientras no se reconozca esto, se seguirán tomando decisiones erróneas que limitan el verdadero potencial transformador de las empresas en México, que acaban manchando su reputación, arriesgándose a caer en prácticas de greenwashing y dejando de aprovechar toda la potencia y efectividad que podrían alcanzar si las cosas se hicieran bien, tanto en el ámbito de la Fundación Empresarial como en la Sostenibilidad Corporativa. Cuando se cuenta con personas profesionales al frente, no solo se incrementa el impacto, también se mejora el uso eficiente de recursos, se eleva la calidad de los programas y se fortalece la legitimidad de la empresa ante sus grupos de interés.
Por eso, hoy y siempre, voy a alzar la voz por la profesionalización de la actividad social en México, tanto desde las Fundaciones Empresariales como desde la Sostenibilidad Corporativa. No solo porque ya es un área regulada, sino porque representa una de las funciones estratégicas más poderosas para mantener viva a una corporación. Una que ve y cuida cada dimensión del negocio: sus operaciones, sus finanzas, su transparencia, su gente, su cadena de suministro, sus proveedores, el medio ambiente, y que además promueve eficiencia, ahorro de recursos naturales, energéticos y de capital humano.
La sostenibilidad bien entendida no es un adorno: es una decisión inteligente, transversal y transformadora.
Ximena Ugarte Luiselli, directora de ESG México.

