miércoles, enero 14, 2026

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Clima, desarrollo y economía en el siglo XXI. Nicholas Stern: una nueva historia del crecimiento

Hace casi dos décadas, Nicholas Stern cambió de forma decisiva la conversación global sobre el cambio climático y la economía. Hasta entonces, predominaba una idea de que reducir las emisiones de gases de efecto invernadero implicaría necesariamente sacrificar crecimiento económico. La acción climática se concebía como un coste, una carga o una concesión frente a objetivos considerados más urgentes, como el desarrollo o la reducción de la pobreza.

El Informe Stern sobre la Economía del Cambio Climático, publicado en 2006, rompió ese marco mental. Basándose en los mejores datos disponibles sobre ciencia climática disponible y en un análisis económico riguroso, demostró que el cambio climático sin mitigación sería económicamente devastador. Los costes de la inacción —en forma de daños, pérdida de productividad, conflictos, desplazamientos humanos y colapso de ecosistemas— superarían con creces los costes de actuar a tiempo.

La conclusión era simple: invertir en descarbonizar la economía era barato en comparación con no hacerlo.

El mensaje fue en su momento revolucionario. Stern nos enseñó que no existía una disyuntiva real entre acción climática y desarrollo económico. Muy al contrario, el crecimiento solo puede sostenerse si es ambientalmente sostenible. Esta idea, inicialmente controvertida, ha ido ganando terreno con el paso del tiempo, aunque todavía no se ha traducido en la velocidad ni en la escala de acción necesarias.

Desde entonces, el mundo ha avanzado en algunos frentes clave: la fijación de precios al carbono, la inversión en energías limpias, la innovación tecnológica y ciertos mecanismos de cooperación internacional. Sin embargo, las emisiones globales han seguido aumentando y el sistema climático se acerca peligrosamente a puntos de inflexión irreversibles. La crisis climática amenaza con volverse inmanejable en amplias regiones del planeta, y como tantas veces ocurre, quienes menos han contribuido al problema son los menos preparados para afrontarlo.

El margen de maniobra se estrecha. Cada año de retraso reduce las opciones disponibles y eleva los costes futuros. Sin embargo, la creciente ansiedad económica, el aumento del coste de la vida y, más recientemente, los ataques a la ciencia ambiental, dificultan los cambios de política necesarios. Este bloqueo explica por qué resulta tan oportuno el nuevo libro de Stern: “The Growth Storyof the 21st Century: The Economics and Opportunity of Climate Action”, concebido como una suerte de “Revisión Stern 2.0”.

El núcleo del argumento es poderoso y, al mismo tiempo, esperanzador: tenemos al alcance de la mano un modelo de crecimiento mejor, en el que prosperidad económica y protección del planeta se refuerzan mutuamente. En esta nueva historia de crecimiento, la inversión y la innovación dirigidas a afrontar las crisis climática y de biodiversidad no frenan la economía, sino que impulsan la producción, el empleo de calidad y el bienestar.

Los cambios tecnológicos de la última década han hecho posible este giro. En muchas áreas, “lo limpio ahora es más barato que lo sucio”. Las energías renovables, las baterías, los vehículos eléctricos y la eficiencia energética han reducido sus costes de forma drástica. Al igual que muchos países de África y Asia se saltaron la telefonía fija y pasaron directamente a la telefonía móvil, hoy pueden dar el salto a sistemas eléctricos renovables sin pasar por una fase fósil costosa y contaminante.

La transformación climática va mucho más allá del sector energético. Nuevas técnicas permiten producir cemento y hormigón más duraderos y con menor intensidad de carbono. La inteligencia artificial promete mejorar la productividad agrícola, optimizar el uso de insumos y reforzar la resiliencia de pequeños agricultores frente al cambio climático. Todo ello dibuja una economía más eficiente en el uso de recursos, más saludable y con menos externalidades negativas.

Sin embargo, el potencial de la economía del clima dista mucho de haberse materializado y hay oportunidades por explotar. África, por ejemplo, concentra más de la mitad de los mejores recursos solares del planeta, pero recibe apenas el 2 % de la inversión solar mundial. La excesiva aversión al riesgo, los altos costes de capital y las debilidades del sistema financiero internacional bloquean inversiones que serían beneficiosas tanto para la economía como para el medio ambiente.

Resulta difícil justificar que sigamos destinando cerca de 2 billones de dólares anuales a subsidios a los combustibles fósiles

Aquí reside uno de los grandes desafíos —y oportunidades— de nuestra época: movilizar billones de dólares de inversión privada, especialmente hacia los mercados emergentes y las economías en desarrollo. Para ello se requieren políticas públicas inteligentes, marcos regulatorios creíbles y una inversión pública catalizadora por parte de gobiernos y bancos multilaterales de desarrollo. En un contexto de restricciones fiscales, resulta difícil justificar que sigamos destinando cerca de 2 billones de dólares anuales a subsidios a los combustibles fósiles y otras ayudas ambientalmente dañinas.

La dimensión internacional es inseparable de esta agenda. El comercio y la inversión transfronterizos son esenciales para difundir tecnologías limpias, reducir costes mediante economías de escala y aprovechar las ventajas comparativas ecológicas. Permitir que actividades intensivas en energía se localicen donde la energía renovable es abundante y barata puede beneficiar tanto al crecimiento como al clima.

Si África logra utilizar sus recursos solares, eólicos e hidrógeno verde para añadir valor a los minerales críticos que extrae, se reforzará la resiliencia de las cadenas de suministro globales, se impulsará el desarrollo del continente y se contribuirá a la descarbonización mundial. Este es el tipo de sinergia que la nueva historia de crecimiento hace posible.

A pesar de los retrocesos políticos recientes —incluida la hostilidad de la actual administración estadounidense hacia la acción climática—, la dinámica de fondo sigue avanzando. Muchos actores públicos y privados continúan invirtiendo en energías limpias porque son más competitivas, no por altruismo. Cuando una gran potencia da un paso atrás, otras pueden y deben avanzar.

Estamos ya a una década del Acuerdo de París. Aunque las emisiones siguen aumentando, también se han producido avances notables: alrededor del 80 % de las emisiones globales están cubiertas por objetivos de cero emisiones netas, y los costes de las tecnologías clave continúan cayendo. La revolución de la inteligencia artificial, combinada con la transición baja en carbono, configurará la historia de crecimiento del siglo XXI.

El mensaje final de Stern es claro y consistente con dos décadas de trabajo: el retraso es extremadamente peligroso, pero la acción es posible, deseable y económicamente racional. La alternativa —seguir deambulando hacia un futuro de altas emisiones— no es realista ni pragmática, sino una receta para el desastre.

La acción climática, integrada con la protección de la biodiversidad, no es un obstáculo al desarrollo, sino su condición de posibilidad. Clima, crecimiento y desarrollo no son agendas separadas. Están profundamente entrelazadas. Actuar ahora es la única forma de garantizar un futuro próspero, justo y sostenible para las próximas generaciones.

Acceso al contenido del libro: https://press.lse.ac.uk/books/m/10.31389/lsepress.tgs

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