La economía oceánica —o “ocean economy”— emerge como un espacio estratégico de crecimiento, inversión y gestión de riesgo que conecta sistemas productivos, infraestructura y resiliencia socioambiental. El informe The Ocean Economy Imperative: Defining Value, Managing Risk and Mobilizing Investment del Foro Económico Mundial (WEF) parte de una idea fundamental: aunque los océanos siempre han sido un componente esencial de la vida en la Tierra y de la economía global, su rol estratégico ha sido históricamente subestimado.
Frente a un contexto económico global de crecimiento más lento, restricciones de recursos y dinámicas estructurales cambiantes, las sociedades, gobiernos, empresas y mercados financieros están reorientando su atención hacia nuevas fuentes de valor sostenible y resiliente a largo plazo. El informe del WEF The Ocean Economy Imperative hace un llamado a que gobiernos, empresas, inversionistas y sociedad civil reconozcan, valoren y capitalicen la economía oceánica como una fuente de crecimiento económico resiliente, innovación y estabilidad estructural. Esto requiere un cambio de paradigma: pasar de ver el océano como preocupación ambiental aislada a entenderlo como un pilar vital de la economía global.
El documento pretende incentivar la conversación de la mera conciencia sobre la importancia oceánica hacia acciones concretas, en particular gestión de riesgos, movilización de capital e integración de la economía oceánica en decisiones estratégicas de alto nivel.
La economía oceánica incluye todas las actividades económicas que dependen del océano, ocurren en él o se benefician de su proximidad: transporte marítimo, energía marina (renovable y no renovable), pesca y acuicultura, turismo costero, biotecnología marina, materias primas, infraestructura costera y digital (como cables submarinos), entre otras. Algunos datos clave que ilustran su dimensión:
- Más del 80% del comercio mundial se realiza por vía marítima.
- Más de 3.000 millones de personas dependen del mar para obtener alimentos.
- Se estima que el valor anual agregado de industrias oceánicas supera los $3 billones por año.
- Más del 95% de las comunicaciones internacionales se transmiten por cables submarinos.
- Para 2030, se espera que el empleo en sectores oceánicos crezca significativamente.
Si la economía oceánica fuera considerada como un país, sería una de las economías más grandes del mundo, no solo en dimensión, sino en función de conectividad y resiliencia global.
Oportunidades económicas y estructurales
La economía oceánica está en expansión y se proyecta que duplique su valor de $2.6 billones en 2020 a $5.1 billones para 2050 espoleada principalmente por la demanda en sectores tradicionales (transporte, turismo), la expansión de nuevas industrias marinas (energías renovables offshore, biotecnología marina y alimentos azules), las infraestructuras y las innovaciones tecnológicas aplicadas a sistemas oceánicos. El océano ofrece ventajas estructurales frente a sistemas terrestres:
- Menor competencia por espacio físico.
- Potencial de eficiencia de recursos, por ejemplo con la acuicultura bien gestionada, que puede producir proteína con menos uso de tierra y agua que la agricultura convencional.
- Zonas marinas offshore con condiciones físicas relativamente más estables en horizontes largos, lo que permite inversiones de capital más predecibles.
La economía oceánica no se puede estudiar como un nicho aislado, sino que está integrada en cadenas globales de suministro, seguridad alimentaria, energías del futuro, innovación tecnológica y comercio internacional. Su crecimiento depende tanto de la adaptación a cambios macroeconómicos como de la coordinación de políticas públicas, inversión privada y alianzas internacionales.
Aunque la economía oceánica tiene un gran potencial, también presenta riesgos significativos que deben ser gestionados de manera proactiva. Los océanos están en estrés continuo a consecuencia del impacto del cambio climático y el aumento de la temperatura global +1.5°C que prodice eventos extremos, blanqueamientos de coral, la acidificación del agua y pérdida de biodiversidad o el incremento de impactos en cadenas productivas e infraestructura costera. Unos cambios que no solo son ambientales, sino que afectan la economía global, elevando costos de seguros, deterioro de activos y riesgos operativos en sectores dependientes del océano.
Financiación e inversión
A pesar de su dimensión y potencial, la economía oceánica está infrafinanciada. Instrumentos financieros etiquetados como “azules” o sostenibles han crecido, pero siguen siendo una fracción del capital necesario para movilizar inversiones escalables en sectores oceánicos. Las emisiones de bonos verdes o sostenibles relacionadas con el océano han aumentado, pero todavía están por debajo de lo que sería proporcional a su valor e impacto sistémico.
Las empresas y los mercados tradicionales aún no reconocen completamente su exposición al riesgo oceánico. Esto incluye exposición de infraestructura, cadenas logísticas y costos asociados a la degradación ecológica. Sin herramientas claras para cuantificar estos riesgos, muchos portafolios financieros subestiman el impacto potencial de cambios ambientales y regulatorios.
El informe señala que, para catalizar el crecimiento sostenible de la economía oceánica, se necesitan mecanismos de inversión claros y escalables con inversión especializadas en sectores marinos emergentes, herramientas para medir y cuantificar oportunidades (por ejemplo, métricas de impacto ambiental y financiero) e instrumentos financieros innovadores, como bonos azules (blue bonds), productos vinculados a la sostenibilidad, y plataformas para inversiones de impacto en sectores marinos.
Sin embargo, una mayor movilización efectiva de capital requiere no sólo dinero, sino mejor regulación, estandarización de métricas y cooperación público-privada para reducir la brecha de financiación que inhibe el crecimiento sostenible de industrias oceánicas.
Hacia una economía oceánica sostenible
El informe del WEF enfatiza que la sostenibilidad debe ser parte del núcleo de las decisiones económicas y de inversión en el espacio oceánico. Esto significa integrar decisiones empresariales con objetivos ecológicos, con un enfoque de “doble materialidad”, donde los impactos ambientales y los beneficios económicos son valorados conjuntamente. Por otro lado, gestionar riesgos físicos y de transición (relacionados con políticas climáticas y normativas) de forma que la degradación del océano no erosione el valor económico futuro. Igualmente, aumentar la cooperación internacional y gobernanza de alto nivel, incluyendo acuerdos globales, mejores estándares y compromisos claros sobre salud oceánica.
En definitiva, esta visión integral y ambiciosa pone el ecosistema oceánico y su salud en el centro de la estrategia económica, no como un “recurso pasivo”, sino como infraestructura esencial para la resiliencia económica global.
Para saber más: acceso al informe completo

