El economista Thomas Piketty ha publicado un notable artículo en su blog “Europe, a social-democratic power“. Argumenta que Europa debe reconocerse a sí misma como una potencia socialdemócrata en el contexto global actual. Esta definición, no la defiende como resultado de una definición ideológica, sino como una práctica política y de consenso social. Europa ha consolidado un modelo de bienestar compartido que combina democracia representativa con políticas públicas y representa una respuesta histórica única al desafío de crear sociedades más justas y equitativas tras las tragedias del siglo XX.
Piketty parte de la historia de Europa desde 1945. Tras la devastación de las guerras mundiales, los países europeos se dieron cuenta de la necesidad de una reconstrucción profunda de sus sociedades, que no solo restaurara la economía, sino que también garantizara seguridad social y cohesión democrática. Este proceso llevó a la creación de estados de bienestar robustos, inversiones colectivas en educación, salud e infraestructuras, y una evolución institucional europea mucho más centrada en la solidaridad social más que en el individualismo.
Europa pasó de ser una región de imperios en rivalidad a una comunidad transnacional que apuesta por la cooperación y una integración progresiva de políticas sociales y económicas. En este sentido, la socialdemocracia se convirtió en un marco tácito de consenso, no necesariamente etiquetado de forma explícita por todos los actores políticos, pero dominante en la práctica de las políticas públicas en muchos Estados miembros de la Comunidad Europea.
Piketty subraya, sin embrago, que no se trata de una hegemonía de partidos socialdemócratas clásicos, sino de un acuerdo multisectorial sobre el papel del Estado y la necesidad de contar con servicios públicos que abarquen a la mayoría de la población. En ese viaje histórico, incluso la mayoría de las fuerzas políticas conservadoras (mayoritariamente cristiano demócratas) aceptaron un papel significativo del gasto público para el desarrollo e implantación del Estado del Bienestar. Y es precisamente ese consenso tácito el que sustenta la idea de que Europa es una potencia socialdemócrata en términos prácticos, independientemente de las etiquetas partidistas.
Lo que Piketty nos quiere transmitir, es que la socialdemocracia no se reduce a la etiqueta de una familia política específica. Más bien, describe un modelo de desarrollo socioeconómico caracterizado por un papel central del sector público en la economía, sobre todo en la provisión de servicios básicos como la salud, la educación o la protección social. Por otro, estaca la importancia de las políticas redistributivas para redistribuir las desigualdades económicas que genera un crecimiento y la apuesta por la inversión colectiva en capital humano y bienestar ofreciendo igualdad de oportunidades al conjunto de la sociedad.
Este modelo, contrastaría con otros enfoques globales más centrados en la competitividad sin redes sociales amplias o en políticas estrictamente orientadas al libre mercado. Europa, por tanto, no es solo un actor económico; es un proyecto político que articula bienestar social y democracia transnacional.
Europa no es solo un actor económico; es un proyecto político que articula bienestar social y democracia transnacional.
Un punto central del artículo de Piketty, es la crítica a cómo se mide convencionalmente el desarrollo económico. Comparar las economías usando el Producto Interior Bruto (PIB) per cápita en tasas de cambio del mercado distorsiona la percepción del bienestar real, especialmente frente a países como Estados Unidos, donde indicadores aparentemente altos de PIB no siempre reflejan niveles comparables de calidad de vida.
Piketty propone que indicadores alternativos —como la paridad de poder adquisitivo, la productividad por hora trabajada, la esperanza de vida, acceso a servicios básicos o indicadores ambientales— que ofrecen una visión más fiel de la calidad de vida de neustras sociedades. Así, Europa podría demostrar que, en muchos aspectos, su modelo social produce resultados de bienestar iguales o superiores a los de otras grandes potencias, aun cuando el PIB convencional no lo refleje.
Este argumento no es nuevo en sus discusiones académicas, ya que Piketty también ha defendido que las métricas tradicionales suelen ocultar desigualdades estructurales y no incorporan adecuadamente las externalidades ambientales o sociales, temas que son esenciales para una evaluación más integral del desarrollo económico.
El futuro de Europa: continuar o profundizar el modelo
Pero por mucho que la integración europea haya sido un proyecto de éxito en términos históricos, el artículo plantea un cuestionamiento sobre el camino que debe trazar Europa de cara al futuro. La UE actual ya no se puede permitir simplemente mantener los logros alcanzados, sino tiene que decidir si continuar profundizando este modelo socialdemócrata o quiere conformarse con una versión “conservadora” de su proyecto político, económico y social.
Si bien es crirto que existe un consenso general sobre la necesidad de mantener un papel significativo del Estado en la economía, emergen propuestas más ambiciosas que abogan por una socialdemocracia ecológica o un eco-socialismo que integre la justicia social con objetivos ambientales y de sostenibilidad global más ambiciosos apostando por una nueva fiscalidad internacional o la regulación de los grandes capitales.
Este debate, sin embargo, choca con la emergencia de fuerzas iliberales que trabajan para desmantelar buena parte de los logros conseguidos en las últimas décadas aupados por discursos altamente emocionales y populistas que arrastran igualmente a las fuerzas conservadoras moderadas. Estos grupos, están aupados por la creciente influencia de la extrema derecha internacional y especialmente por la victoria de Donald Trump en los EEUU. Defienden un modelo económico y político basado en políticas extractivas o nacionalistas que priorizan la acumulación de riqueza sin contrapesos sociales, marginando y despreciando los indicadores de bienestar a favor de métricas macroeconómicas tradicionales.
Ante este contecto, Piketty sostiene que Europa debería defender activamente su modelo de desarrollo en foros internacionales, no solo por razones éticas sino también estratégicas. La globalización si bien enfrenta retos complejos como el impacto de la crisis climátrica, la migración o las desigualdades transnacionales, exige enfoques que prioricen cohesión social y justicia distributiva por encima de la mera competitividad de mercado. Un enfoque que combina la lógica socialdemócrata con preocupaciones ecológicas y de justicia global, sugiriendo que Europa puede y debe aportar un liderazgo más contundente en la construcción de reglas económicas y comerciales más equitativas y sostenibles.
En definitiva, para Piketty, Europa ya es una potencia socialdemócrata. Es un actor global ineludible que ha logrado, gracias a políticas colectivas de bienestar y redistribución, unos niveles de prosperidad y cohesión social sin precedentes. Sin embargo, el reto no es solo mantener ese logro, sino profundizarlo y adaptarlo al contexto de desafíos del siglo XXI, incluyendo la sostenibilidad ambiental, la justicia fiscal internacional y una defensa activa de sus valores en el mundo.
Europa, en su visión, no debe limitarse a gestionar lo logrado, sino liderar la construcción de un modelo de desarrollo más justo, sostenible e inclusivo a escala global. Para quellos socialdemócratas declarados, el análisis de Piketty biene a confirmar aquella máxima que defendió el excanciller alemán Willy Brandt: “la socialdemocracia es la idea más joven del mundo”. Y es que la mejor versión de Europa ha siso aquella que se ha basado en una socialdemocracia pragmática e inclusiva que no ha intentado imponer sus políticas, sino construir consensos con otros para avanzar hacia un progreso compartido con mejores cotas de igualdad y bienestar para todos.
Hoy en el s.XXI, frente al empuje de las fuerzas iliberales, esas ideas siguen siendo más necesarias que nunca, pero tenemos que actualizarlas y hacerlas eficientes y posibles. Hay que pasar a la acción y contribuir desde allí donde estemos una nueva arquitectura que permita generar fortalezas con vínculos débiles, esto es, construir nuevas alianzas y colaboraciones, no desde la ideología, sino desde el interés compartido en defender una nueva idea de progreso. Si fracasamos, no lo hará la socialdemocracia, sino el proyecto europeo.
Para leer el artículo de Thomas Piketty: “Europe, a social-democratic power“.
