sábado, abril 18, 2026

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Campañas de desinformación contra la reputación de las ONG: el objetivo es destruir el concepto de solidaridad.

En los últimos años, las organizaciones no gubernamentales (ONG) han pasado de ser percibidas como actores incuestionables de solidaridad a convertirse en blanco recurrente de campañas de descrédito. Un cambio que no es casual ni espontáneo, sino que responde a una elaborada estrategia de desinformación para construir una nueva cosmovisión del mundo -creencias, valores y conceptos compartidos- de grupos ciertos grupos políticos y mediáticos. El objetivo es erosionar la legitimidad del sector social o humanitario y las políticas de solidaridad en su conjunto.

Estas narrativas no son espontáneas. Están elaboradas por centros de pensamiento vinculadas a los movimientos iliberales que son convenientemente amplificadas en redes sociales, medios digitales y a través de los discursos políticos de ciertos dirigentes. El objetico es instalar en la opinión pública y el imaginario colectivo una idea simple pero poderosa, que la cooperación internacional no es necesaria porque es un despilfarro, es ineficiente y es sospechosa de usar fraudulentamente los fondos destinados a ella.

El patrón de las campañas de desinformación son perfectamente reconocibles. En primer lugar, se lanzan mensajes que apelan a la desconfianza con acusaciones de corrupción, mala gestión de fondos o falta de transparencia. A continuación, se cuestiona la neutralidad de las ONG, especialmente en contextos de conflicto, insinuando que responden a intereses políticos, ideológicos o que están al servicio de movimientos radicales. En algunos casos, hemos visto como esas campañas van más allá y llegan a vincularlas, sin pruebas, con actividades ilegales o incluso con actores terroristas. Un modus operandi que ha afectado igualmente a las agencias de Naciones Unidas.

Estas narrativas forman parte de un ecosistema amplio y complejo articulado entorno a determinados movimientos políticos, especialmente de corte populista o ultranacionalista en Europa y Estados Unidos. Estos movimientos, convenientemente regados con dinero de fundaciones de extrema derecha, apelan al miedo, vinculando a las ONGs con el fomento de la inmigración ilegal o a los conflictos geopolíticos, utilizado el descrédito de las organizaciones humanitarias como herramienta para debilitar el papel de la Unión Europea o del sistema multilateral internacional.

El tercer nivel es el entorno digital, probablemente el más determinante en sus eficientes campañas de descrédito. Plataformas y redes sociales como X, Facebook, YouTube o Telegram se usan como plataformas de amplificación de la desinformación para erosionar la reputación de personas y organizaciones. A través de cuentas ideologizadas, influencers políticos o redes de bosts automatizados, difunden mensajes simplificados y emocionalmente eficientes. Lo hacen a través de contenidos falsos o descontextualizados que se viralizan con facilidad, pero muy eficientes porque acaban moldeando las percepciones y las creencias compartidas que son l abase de la reputación.

El fenómeno es grave y tiene una dimensión global, porque esas campañas tienen una clara función política y económica, debilitar el apoyo social a la cooperación internacional y a las políticas de solidaridad. Cuando la opinión pública percibe a las ONG como poco fiables, resulta más fácil justificar los recortes presupuestarios, limitar su actividad o endurecer las condiciones para operar.

No debemos tomarnos a la ligera estas estartegias. Las narrativas que se despliegan globalmente, presentando al sistema de solidaridad, las ONG y las agencias humanitarias como politizadas, ineficaces o incluso corruptas, son las mismas que se utilizan a nivel nacional o local para desacreditar las políticas sociales o redistributivas. Un relato, que replicado de forma sostenible en diversos contextos y formatos, genera un marco mental que erosiona la confianza de la ciudadanía en las políticas de solidaridad. De hecho, el cambio de percepción en algunos grupos sociales ya es evidente. Se han producido recortes muy importantes en la ayuda al desarrollo tanto en los EEUU como en Europa, y hay estrategias muy bien orquestadas de desinformación a nivel nacional y local para erosionar las políticas sociales y de solidaridad.

La respuesta a este fenómeno no es solo de comunicación, el reto es reconstuir la idea de progreso. Durante décadas, el progreso se ha asociado principalmente al crecimiento económico, pero hoy resulta evidente que esta visión es insuficiente porque la realidad en los países desarrollados es y será el de un crecimiento débil. Debemos volver a poner en valor otros atributos como la equidad, la sostenibilidad y el bienestar basado en la confianza de unis valores compartidos y de que el futuro no tiene porqué ser un lugar peor que el presente o el pasado.

Para ello hay que actualizar nuestros modelos de gobernanza públicos y sociales. Tenemos que apostar por una mayor transparencia, rendición de cuentas y capacidad de demostrar resultados tangibles. No podemos basarlo solo en indicadores económicos, sino en la capacidad de las sociedades para cooperar, reducir desigualdades y ofrecer oportunidades individuales y colectivas. Reivindicar esta visión exige reconstruir un relato que vuelva a situar el diálogo, la cooperación y el consenso como un elemento central del interés colectivo en entornos informativos y comunicacionales cada vez más complejos.

En definitiva, lo que está en juego no es solo la imagen o la reputación de las ONG, sino el propio concepto de solidaridad. No hay un único actor detrás de estas campañas, sino todo un ecosistema de intereses, narrativas y plataformas que convergen en un mismo objetivo, erosionar la confianza en las instituciones democráticas. No nos confundamos, destrás de la desinformación contra las ONG no hay un ataque a esas organizaciones, sino a la propia idea de progreso, y la responsabilidad de combatirla es colectiva para lo que necesitamos nuevas alianzas y coherencias.

Pau Solanilla es fundador y editor de Sostenibles.Org y socio de la consultora Harmon.

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