sábado, junio 13, 2026

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El principal enemigo de Europa no está fuera, está dentro y se llama desigualdad.

Vivimos tiempos de incertidumbre, polarización y desencanto en la UE en un año en el que celebramos el día de Europa conmemorando los 40 años de la entrada de España y Portugal en la Comunidad Europea. Un efeméride que ha marcado la evolución y modernización de nuestra sociedades, al tiempo que ha reforzado y dando coherencia y sentido al propio proyecto de integración europea. Aquella Comunidad Europea, se ha convertido hoy en la Unión Europea y constituye un gran éxito colectivo. Hemos sido capaces de construir el espacio económico, social y cultural más coherente e inclusivo en el mundo, aún con sus innumerables carencias e imperfecciones.

Sin embargo, ningún éxito de ayer, o de hoy, garantiza el éxito de mañana. Europa se enfrenta de nuevo ante viejos y nuevos fantasmas en un mundo complejo y agitado por nuevos vientos de guerras, conflictos y un creciente proteccionismo espoleado por su alidado tradicional, los EEUU. Europa debe así navegar en un nuevo mundo geopolítico y geoeconomico global mucho más transaccional y agresivo en el que el buenismo de las grandes cumbres y declaraciones basadas en valores ha quedado obsoleto. En un mundo en el que se reconfigura el poder y los intereses de las principales potencias, la UE no puede quedarse rezagada como una gran potencia declarativa. Puede tener razón, pero no tiene capacidad de influir e incidir en la gobernanza de los grandes retos globales.

Ante este escenario, se multiplican las voces que interpelan a que Europa apueste por el rearmarse ante los nuevos enemigos externos e internos que nos acechan. La respuesta parecería estar en una reindustrialización de Europa sustentada sobre las políticas de Seguridad y Defensa como mejor antídoto para el declive económico y los riesgos de la seguridad. El mejor ejemplo de ello es Alemania, la locomotora industrial alemana está gripada y ha visto en la industria militar el antídoto para comabatir enemia económica aumentando el gasto militar un 28% para 2027. Una apuesta que supondrá que la inversión alemana en defensa será equivalente a la suma de Francia y Reino Unido, lo que nos aboca a una carrera por el rearme de las principales potencias europeas.

Es evidente que la UE tiene que reforzar sus capacidades de seguridad y defensa, pero la gran cuestión es cómo hacerlo y con qué intensidad. Aportar el futuro de la UE a la economía de la seguridad y la defensa es contradictorio con el propósito fundacional de la UE, que es la paz y la construcción de una comunidad de destino competitiva, diversa e inclusiva. Europa tiene riesgos geopolíticos importantes, pero el principal enemigo de Europa es la creciente desigualdad y la percepción de incertidumbre en el futuro de la mayoría de los ciudadanos. Devengar ingentes cantidades de recursos de las políticas sociales hacia el gasto en defensa es seguir alimentando la desafección y la incertidumbre entre los ciudadanos de la UE.

La UE corre el riesgo de perder aquello que durante décadas constituyó su principal fortaleza, la cohesión social. Un estado del bienestar que se construyó de la mano de la estabilidad y las alianzas transversales que permitió desplegar un importante desarrollo económico y combatir la desigualdad. El llamado “dulce declive de Europa” no reside tanto en sus enemigos exteriores, sino en la creciente distancia entre quienes tienen acceso a oportunidades y quienes quedan atrapados en la precariedad. Una realidad que está erosionando la confianza en las instituciones y debilitando el proyecto europeo.

La desigualdad no es una cuestión moral o social, es, sobre todo, un problema político, económico y democrático.

La desigualdad alimenta la frustración, la polarización y el auge de los extremismos. Cuando desaparece la expectativa de progreso, crece el rechazo a la democracia liberal y a la propia idea de Europa. La cifras son contundentes y la propia Comisión europea advierte de que “la pobreza y la desigualdad de oportunidades amenazan con dañar los vínculos que nos mantienen unidos”. La crisis de la vivienda, la inflación, la precarización laboral y las brechas territoriales han ampliado las diferencias sociales en casi todos los países de la Unión y por primera vez en décadas, las nuevas generaciones perciben que vivirán peor que sus padres.

A nadie se le escapa que esa percepción de un futuro distópico en el que viviremos peor tiene consecuencias. Europa nació precisamente para evitar fracturas, no para ahondarlas. El propósito del proyecto europeo no solo perseguía la paz, sino también la prosperidad compartida. La cohesión económica y social fue siempre una condición indispensable para sostener la democracia. Si Europa permite que las desigualdades territoriales y sociales vuelvan a crecer, el proyecto y la propia demiocracia europea están en serio peligro.

Sin igualdad de oportunidades no hay ciudadanía plena, el proyecto europeo pierde legitimidad por lo que la cohesión social debe entenderse como una infraestructura democrática y de seguridad. Además, tiene una clara dimensión económica, las sociedades más desiguales no suelen ser competitivas. La desigualdad limita el talento disponible en un momento en el que es un recurso escaso y debilita de forma importante la productividad.

La desigualdad limita el talento disponible en un momento en el que es un recurso escaso y debilita de forma importante la productividad.

La desigualdad es la peor inversión para Europa y que genera un enorme deterioro en la confianza institucional y democrática y es un coste económico a evitar. La crisis de acceso a la vivienda es un ejemplo. Expulsa a las clases medias y trabajadoras de los centros urbanos convertiéndose en uno de los principales factores de desigualdad. Por otro lado, la transformación digital y sobretodo la inteligencia artificial y la automatización amenaza con ampliar brechas sociales si no va acompañada de políticas inclusivas. Igualmente, las brechas territoriales generan percepciones de abandono que alimentan el euroescepticismo y el auge de la extrema derecha y el populismo.

Según datos de la Comisión Europea 92,7 millones de personas, más de uno de cada cinco europeos (20,9 %), se encuentran actualmente en riesgo de pobreza o exclusión social. La cohesión social y territorial no puede ser un concepto burocrático vinculado únicamente a fondos estructurales, debe convertirse en la primera prioridad política por real. Cuando los ciudadanos sienten que las instituciones ya no les protegen, dejan de creer en él, se rompe el contrato social sobre el que se construyó Europa y se debilita desde adentro, lo que la hace más vulnerable y débil geopolíticamente.

La lucha contra la pobreza y la desigualdad debe situarse en el centro de la agenda política, al menos al mismo nivel que la agenda de la seguridad y la defensa. La prosperidad compartida es la mejor política de seguridad humana y debería ser un objetivo y una estrategia transversal que atraviese todas las decisiones económicas, tecnológicas, territoriales y culturales en la UE.

En definitiva, la cohesión social y territorial no es únicamente una aspiración ética o moral. Es la condición para la viabilidad y la estabilidad del proyecto europeo. Porque el principal enemigo de Europa no está fuera, está dentro y se llama desigualdad.

Pau Solanilla, es fundador y editor de Sostenibles.Org. Socio de Harmon.

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