«El futuro del mundo lo define la demografía», suele decir el politólogo Andrés Malamud. Y probablemente pocas ciudades expresen con tanta claridad esa idea como Barcelona. La transformación que se ve todos los días en la ciudad —grúas, obras, nuevos restaurantes, reformas urbanas, ampliaciones de infraestructuras— viene acompañada de una menos visible, más profunda y, quizás, más rápida.
Según datos de la Oficina Municipal de Datos del Ajuntament de Barcelona, menos de la mitad de sus habitantes (45%) nació en la ciudad, poco más de un tercio nació en el extranjero y más de un cuarto tiene nacionalidad extranjera. A un año de las elecciones municipales, esta nueva demografía lanza, inevitablemente, la pregunta: ¿qué Barcelona está emergiendo y para qué horizonte?
Al mirar con más detalle estos datos aparece una ciudad atravesada por la migración, pero muy heterogénea entre sí. Por un lado, crece la llegada de jóvenes del Cono Sur (argentinos, sobre todo, pero también chilenos y uruguayos). En su mayoría urbanitas, altamente cualificados, provenientes de sectores medios y medios-altos, generalmente solteros, sin hijos y con baja religiosidad institucional.
De hecho, sólo los nacidos en Argentina ya superan las 45.000 personas en la ciudad. Un dato de color: en Barcelona ya existen más tiendas de empanadas que de McDonald’s en toda Cataluña.
En Barcelona ya existen más tiendas de empanadas que de McDonald’s en toda Cataluña.
Pero ese universo, al mismo tiempo, llega a Barcelona con migraciones provenientes de países latinoamericanos entre los trópicos —Perú, Bolivia, Ecuador, Colombia y parte de Centroamérica— donde predominan familias, con mayores niveles de religiosidad, situaciones económicas más precarias y menores niveles educativos. Conjuntamente, los latinoamericanos (52 % de la comunidad internacional de Barcelona) ya constituyen uno de los grandes motores del crecimiento demográfico reciente de la ciudad.
De hecho, la población sudamericana supera ampliamente a la marroquí y, en varios distritos, también a la pakistaní. Un indicador interesante de ello: en el último año de los 27 centros nuevos centros religiosos de la ciudad, 24 eran evangélicos y los tres restantes musulmanes, representando a más de un tercio de los centros religiosos de Barcelona. Doble clic: las iglesias evangélicas pasaron de 341 centros de culto en 2004 a cerca de 890 en 2025.
¿Cómo se funda todo eso en una única identidad? ¿Cómo se construye un horizonte común que integre todas estas realidades?
La pregunta de fondo pareciera no ser únicamente cuánta diversidad puede absorber Barcelona. Quizás las trayectorias, los orígenes, definen menos el horizonte de esta ciudad. Tal vez sea la experiencia compartida de buscar estabilidad y equilibrio, como hizo Toronto ‘Everybody fits in’: inside the Canadian cities where minorities are the majority, la herramienta más útil para encontrarnos en un mismo denominador.
Martin Szulman, es sociólogo y consultor en comunicación política.

