Durante décadas se pensó que el crecimiento económico era una forma de protección frente a casi cualquier amenaza. Más renta significaba mejores viviendas, infraestructuras sanitarias más sólidas, mayor capacidad de adaptación y, en definitiva, más seguridad. Pero el cambio climático está desmontando una de las grandes certezas del modelo europeo: el dinero no siempre protege del calor y nos hace a todos vulnerables.
Un estudio liderado por el Instituto de Salud Global de Barcelona (ISGlobal) y publicado en Nature Health concluye que las regiones europeas con mayor PIB y mayores niveles de bienestar presentan también un mayor riesgo de mortalidad asociado a las altas temperaturas.
La paradoja es poderosa. Las zonas más ricas de Europa están mejor preparadas para resistir el frío gracias a viviendas más eficientes, menos pobreza energética y mejores sistemas sanitarios, pero son más vulnerables frente al calor extremo debido a la urbanización intensiva.
Las grandes áreas metropolitanas concentran asfalto, tráfico, densidad edificatoria y escasez de vegetación. Son territorios diseñados para maximizar productividad económica, no resiliencia climática. El resultado es el conocido fenómeno de “isla de calor urbana”, esto es, son ciudades que acumulan y retienen temperaturas muy superiores a las de su entorno rural.
Barcelona, Madrid, París, Milán o Atenas representan esta nueva contradicción del capitalismo climático. Son regiones prósperas, modernas y globalizadas que se convierten en espacios físicamente más hostiles para vivir durante las olas de calor.
El estudio analizó más de 161 millones de muertes en 32 países europeos entre 2000 y 2019 y concluye que las desigualdades socioeconómicas influyen directamente en la mortalidad relacionada con la temperatura. Sin embargo, el hallazgo más inquietante es que el calentamiento global está alterando incluso las ventajas históricas de las regiones más desarrolladas.
Europa entra así en una nueva fase en el que la vulnerabilidad climática deja de medirse únicamente en términos de pobreza y empieza también a depender del modelo urbano, de la planificación territorial y de la calidad ambiental de las ciudades.
El cambio climático es en realidad un gigantesco test de estrés sobre las infraestructuras del siglo XX
Las ciudades europeas fueron concebidas para otro clima. Las escuelas, los hospitales, el transporte público, las viviendas y los espacios laborales se diseñaron bajo parámetros térmicos que ya no existen. Hoy muchas aulas superan los límites de confort durante semanas enteras. Según un informe reciente de la fundación Equitat.org, adaptar las escuelas españolas al nuevo contexto climático requerirá inversiones superiores a los 1.300 millones de euros.
Pero el problema va mucho más allá de la climatización. El calor extremo está redefiniendo la productividad laboral, el uso del espacio público, los hábitos de consumo e incluso los horarios de vida urbana. Diversos estudios muestran ya cómo las ciudades empiezan a desplazar actividad económica hacia horas nocturnas para escapar de las temperaturas más altas.
Estamos asistiendo a una reorganización silenciosa de la vida cotidiana aunque buena parte del debate político sigue atrapado en indicadores económicos clásicos como el PIB. El estudio de ISGlobal desmonta precisamente esa lógica: el crecimiento económico puede convivir con una creciente fragilidad climática y sanitaria.
El bienestar del siglo XXI ya no dependerá únicamente de cuánto produce una economía, sino de su capacidad para proteger a la población frente a fenómenos extremos. Esto obliga a repensar profundamente las políticas urbanas y sociales. La adaptación climática ya no puede limitarse a recomendaciones individuales —beber agua, evitar salir a determinadas horas o instalar aire acondicionado— porque el problema es estructural.
Necesitamos ciudades con más sombra y menos asfalto, más vegetación y menos cemento, edificios adaptados térmicamente, refugios climáticos accesibles y una planificación urbana orientada a la salud pública. Un desafío que interpela directamente a las desigualdad. El cambio climático amplifica las desigualdades existentes, pero también crea otras nuevas.
Aunque las regiones ricas sufran más mortalidad por calor, las poblaciones vulnerables continúan siendo quienes tienen menos capacidad de adaptación. Las personas mayores, quienes viven solos, los trabajadores expuestos al exterior o quienes habitan viviendas precarias siguen soportando la mayor carga climática.
El mundo empieza a descubrir que la crisis climática no es únicamente una cuestión ambiental. Es un problema de salud pública, de modelo económico y de diseño urbano. Entre 2022 y 2024 se estimaron más de 180.000 muertes relacionadas con el calor en el continente. Y todo indica que las temperaturas seguirán aumentando durante las próximas décadas.
La gran cuestión ya no es si seguiremos creciendo, sino cómo reconstruir la idea de progreso.

