Durante demasiado tiempo se ha explicado la transición ecológica y la crisis climática desde el miedo al futuro. El cambio climático es una amenaza real y cada vez más evidente para nuestra forma de vida, pero pretender transformar nuestra su forma de producir, consumir o movernos basado en el miedo al futuro es un error estratégico ya que invita al nihilismo climático. Si se impone la creencia que la crisis ambiental es tan grave e inevitable, cualquier esfuerzo o acción humana individual o colectiva por frenarla tiene poco sentido y damos gasolina al neoliberalismo y a los retardistas climáticos.
Hace pocos días leía una interesante entrevista de la economista Maria Mazzucato que encaja bien con la tesis que desarrollé en mi libro de La República Verde. El problema de la transición climática no es eminentemente económico, es ante todo un reto cultural y político.
La sostenibilidad necesita dejar de presentarse como renuncia o como un sacrificio permanente para convertirse en una idea central de un nuevo progreso. Mariana Mazzucato lo define como una transición verde en que las personas la perciban como parte de una buena vida. Me parece un argumento poderoso que hay que explotar con inteligencia y efectividad para mostrar los beneficios materiales, funcionales y emocionales del desarrollo sostenible.
La ciencia económica nos ha demostrado que el crecimiento económico en manos del libre mercado no es neutral, produce monstruos como la enorme desigualdad. La política y las políticas públicas deben intervenir para decidir hacia dónde queremos orientar la economía social de mercado. Sin embargo, no se puede ni se debe hacer solo desde lo público, no es suficiente. Hay que construir nuevas alianzas público-social-privadas para generar prosperidad y bienestar compartidos con la sostenibilidad en el centro.
Reconstruir la idea de progreso no se puede hacerse desde el miedo al futuro o desde el conservadurismo progresista. Necesitamos basarlo en sociedades optimistas para que millones de ciudadanos identifiquen la sostenibilidad con una sociedad mejor.
No podemos quedar enredados en los relatos decrecentistas basadas en narrativas de renuncia: consumir menos, viajar menos, utilizar menos el automóvil, comer determinados productos con menor frecuencia, pagar costes ambientales. Muchas de estas transformaciones son necesarias, pero no podemos construir una mayoría social si la transición se percibe exclusivamente como aquello a lo que tendremos que renunciar.
La narrativa que tenemos que construir es lo mucho que podemos ganar colectivamente apostando por la sostenibilidad. Ciudades con menos contaminación, viviendas energéticamente más eficientes, calles y un espacio público más habitables y de mejor calidad, mejores sistemas de transporte público, energía más barata y descentralizada, empleos vinculados a nuevas industrias, mayor autonomía energética, y territorios más resilientes frente a los fenómenos climáticos extremos.
Eso debería ser la transición ecológica, bie:estar y progreso. Hay que superar la falsa contradicción entre crecimiento y sostenibilidad. El futuro no tiene por qué ser un lugar distópico. Puede convertirse en una nueva posibilidad de progreso si somos capaces de combinar competitividad, sostenibilidad y equidad, mediante nuevas formas de colaboración entre instituciones, empresas y sociedad.
No podemos hacer elegir a la ciudadanía entre prosperidad y sostenibilidad. Necesitamos redefinir qué entendemos por prosperidad en el siglo XXI y en ese terreno juega un papel fundamental la cultura. Las transformaciones económicas no se producen únicamente porque los gobiernos aprueben leyes o porque aparezcan nuevas tecnologías. Suceden porque las sociedades modifican prácticas y comportamientos incentivados con aquello que consideran deseable. En ese terreno, la cultura y las culturas juegan un papel fundamental sin caer en la trampa que nos proponen los neoliberales de entrar en una guerra cultural. Un lenguaje que nos aleja de la idea de progreso compartida e inclusiva.
La cultura, en todas sus expresiones, debe ayudar a construir nuestra percepción de lo que es posible. Para ello Mazzucato reclama, con razón, que hay que trabajar con las comunidades y no simplemente para ellas. La idea de progreso no puede estar diseñada por expertos, consultoras, tecnólogos o administraciones, tiene poco recorrido porque le falta un ingrediente fundamental, credibilidad y reputación.
Ahí reside probablemente uno de los mayores desafíos de la agenda verde europea y global. Hemos desarrollado políticas climáticas extraordinariamente sofisticadas y no hemos sido capaces de construir un imaginario colectivo compartido sobre los beneficios del desarrollo sostenible. Sabemos explicar las toneladas de CO₂ que debemos reducir en 2030 o 2050, pero nos cuesta explicar cómo será la vida cotidiana de una familia dentro de esa sociedad descarbonizada, qué beneficios nos aportará y cómo vamos a ayudar a los que menos tienen en esa transición.
Las personas no se movilizan por indicadores. Necesitan sentirse parte de un relato optimista , integrador, ilusionante y movilizador. Una promesa de valor que emocione en el que se sientan protagonistas del cambio y crean que el futuro no tiene por qué ser peor que el presente. La segunda mutad del siglo XX se construyó sobre una idea extraordinariamente potente de progreso, los hijos vivirían mejor que sus padres. Hoy aquella promesa se ha debilitado cuando no implosionado.
La desigualdad, la precariedad, las dificultades de acceso a la vivienda, la crisis climática y la incertidumbre tecnológica se han instalado en amplios sectores sociales. Una ruptura emocional que ha dejando un enorme espacio vacío para los populistas y la extrema derecha prometiendo la vuelta a un pasado que no volverá.
Muchos creemos que existe todavía un espacio político y social enormemente fértil para reconstruir una mayoría social de progreso amplia y transversal si somos capaces de vincular sostenibilidad, innovación, competitividad, calidad de vida y justicia social. Algo que solo se puede hacer una nueva gobernanza mucho más sofisticada con objetivos compartidos y movilizando alrededor de ellos una nueva inteligencia colectiva.
En definitiva, la sostenibilidad necesita recuperar la palabra progreso. Ninguna gran transformación social triunfa si la mayoría de las personas piensa que al final del camino vivirá peor. La sostenibilidad no puede sustentarse en un relato sobre reducir emociones sino de prosperidad, esto es, cómo vivir mejor, esto es, transformar las restricciones ambientales en oportunidades colectivas.
Necesitamos volver a hacer deseable el futuro para comprometernos en su construcción colectivamente. Ese es el gran reto político y cultural de nuestro tiempo, reconciliar sostenibilidad y progreso, que la sociedad confíe en una nueva promesa de prosperidad compartida insertándola en eso que se llama en inglés la Trust Economy, la nueva economía de la reputación. Nos tenemos que poner manos a la obra con humildad y generosidad pero con la ambición de volver a generar una gran mayoría económica, política y social porque es posible e imprescindible.
Pau Solanilla, es fundador y editor de Sostenibles.Org. Socio de Harmon.

