El turismo constituye uno de los grandes motores económicos de España, pero su éxito plantea una paradoja cada vez más evidente. Cuanto mayor es la capacidad de atracción de determinados destinos, mayor puede ser su vulnerabilidad debido a la presión sobre la vivienda, el espacio público, los recursos naturales, las infraestructuras y la convivencia con los residentes.
El debate sobre el turismo ya no puede limitarse a contabilizar turistas, pernoctaciones o el gasto generado. Necesitamos medir el impacto en el destino o en el territorio, especialmente los riesgos que lleva asociados al éxito porque puede generar vulnerabilidades a medio plazo que sean contraproducentes.
Esta es la aportación especialmente interesante del trabajo de Marilia Natacha de Freitas Silva y José Vicente Sánchez Cabrera publicado en Investigaciones Turísticas, de la Universidad de Alicante. Los autores proponen un Índice de Vulnerabilidad Territorial (IVT) diseñado para ayudar a gestionar las viviendas de uso turístico (VUT) y determinar dónde su concentración puede generar mayores desequilibrios.
La primera idea importante es que no todos los territorios soportan igual la presión turística. Dos barrios pueden tener exactamente el mismo porcentaje de viviendas turísticas y, sin embargo, experimentar impactos completamente diferentes. La vulnerabilidad depende de cómo es el territorio sobre el que se produce esa presión.
Los indicadores tradicionales, como el Índice de Presión Turística o el Índice de Presión Residencial, permiten aproximarnos al fenómeno, pero pueden resultar insuficientes en destinos vacacionales caracterizados por una elevada presencia de segundas residencias y fuertes variaciones estacionales de población.
El IVT intenta resolver esta limitación incorporando variables relacionadas con la presión turística, la estructura residencial y la intensidad territorial del tejido urbano. Esto permite introducir dos elementos particularmente relevantes: el porcentaje de vivienda principal y la densidad urbana. Los autores comprueban que ambas variables mejoran la capacidad para identificar la carga urbana y la exposición real de los residentes.
El estudio utiliza Altea, en Alicante, como laboratorio para desarrollar y validar el modelo. Pero su interés reside precisamente en que la metodología aspira a ser replicable en otros destinos y escalas territoriales.
¿Qué capacidad tiene cada territorio para absorber esa actividad sin deteriorar su equilibrio social, residencial y ambiental?.
De medir el turismo a medir sus impactos
Durante décadas hemos medido fundamentalmente el volumen del turismo. Cuántos visitantes llegan, cuánto gastan, cuántas noches permanecen o cuánto empleo generan. Necesitamos incorporar nuevas métricas. ,
La vulnerabilidad turística no equivale necesariamente a saturación. Un territorio puede recibir muchos visitantes y disponer de capacidad suficiente para gestionarlos. Otro puede registrar cifras menores y, sin embargo, presentar una estructura residencial o urbana mucho más frágil. Por todo ello necesitamos pasar de indicadores exclusivamente cuantitativos a sistemas de inteligencia territorial.
No se trata de determinar si el turismo es bueno o malo. Se trata de saber dónde genera valor, dónde aparecen desequilibrios y qué políticas permiten corregirlos antes de que se conviertan en conflictos estructurales. Se trata de desplegar herramientas para gobernar el turismo de forma más eficiente y coherente.
La principal utilidad del Índice de Vulnerabilidad Territorial es que permite convertir información compleja en capacidad de decisión pública. Si podemos cartografiar la vulnerabilidad a escala de barrio, distrito o sección censal, podemos abandonar las políticas uniformes y desarrollar regulaciones adaptadas a las características de cada zona.
Así una administración podría identificar áreas donde existe margen para incrementar la actividad turística; zonas donde resulta recomendable estabilizarla; y territorios vulnerables donde sea necesario limitar nuevas viviendas turísticas o adoptar medidas específicas de protección residencial.
El IVT se convierte así en una herramienta de zonificación, planificación y anticipación. Ese es precisamente uno de los objetivos centrales planteados por sus autores, proporcionar criterios objetivos que ayuden a regular las VUT de acuerdo con las características reales del territorio. Algo que es importante porque uno de los problemas recurrentes de la gestión turística es la polarización por lo que necesitamos políticas públicas basadas en evidencia. Medir es lo que permite gestionar con criterio.
El índice incorpora además una dimensión particularmente relevante desde la perspectiva de la sostenibilidad, la justicia espacial. Los beneficios y costes del turismo no se distribuyen uniformemente. Una parte de la población obtiene rentas, empleo y oportunidades económicas mientras que ciertos barrios pueden concentrar las externalidades negativas como el incremento del precio de la vivienda, la gentrificción o la presión sobre los servicios públicos.
El estudio advierte precisamente de que el crecimiento de las viviendas turísticas puede intensificar procesos de turistificación y presión inmobiliaria, afectando a la estructura residencial, la convivencia y la sostenibilidad de los destinos. La sostenibilidad turística exige, por tanto, preguntarnos no solamente cuánto valor económico genera el turismo, sino cómo se distribuyen territorialmente sus beneficios y sus costes.
Del destino inteligente al territorio inteligente
Durante los últimos años hemos hablado mucho de destinos turísticos inteligentes. Digitalización, sensores, big data, plataformas de movilidad o sistemas de información han permitido mejorar extraordinariamente el conocimiento sobre los visitantes. Pero eso no es suficiente ya que hay que ampliar e concepto a los territorios inteligentes.
Eso significa analizar de forma integral los datos turísticos con información sobre vivienda, población residente, movilidad, consumo de agua, residuos, densidad urbana, biodiversidad, precios inmobiliarios o vulnerabilidad climática. Algunas investigaciones avanzan en esta dirección. El proyecto CosturA, centrado en destinos turísticos costeros andaluces, desarrolla índices de vulnerabilidad ante el cambio climático y escenarios de impacto territorial y socioeconómico destinados precisamente a mejorar la gestión turística.
En definitiva, debemos avanzar hacia auténticos cuadros de mando de resiliencia territorial. Ciertos destinos no tienen únicamente un problema de overtourism. Tiene un extraordinario éxito turístico que necesita ser gobernado para que no se haga realidad el dicho de “morir de éxito”.
El turismo no debe tener como objetivo atraer indefinidamente más visitantes, sino aumentar el valor sostenible generado por cada visitante, distribuir mejor los flujos y garantizar que la actividad turística contribuya al bienestar de las comunidades que hacen posible el éxito de ese destino. El Índice de Vulnerabilidad Territorial representa un avance precisamente en esa materia porque cambia la pregunta y la forma de medir el éxito para garantizar la sostenibilidad del territorio, su identidad y la calidad de vida de quienes lo habitan.
Foto: RTVE

