Europa tiene ciencia, talento, excelentes universidades, centros tecnológicos y capacidad emprendedora. Lo que no siempre consigue es transformar todo ese conocimiento en empresas capaces de crecer y competir globalmente. Muchas buenas ideas nacen en Europa, pero terminan convirtiéndose en negocio, inversión y empleo en otros lugares del mundo.
Este es el problema que pretende abordar el nuevo European Innovation Act, presentado por la Comisión Europea el pasado 9 de septiembre. Su filosofía podría resumirse de manera sencilla: que las ideas europeas puedan desarrollarse, financiarse, crecer y generar valor en Europa.
No es una cuestión menor. En la nueva economía global, innovación, sostenibilidad y autonomía estratégica están cada vez más conectadas. Quien desarrolla las tecnologías del futuro no solo genera crecimiento económico: reduce dependencias, atrae talento, aumenta su productividad y refuerza su capacidad de decidir.
Del laboratorio al mercado
Europa lleva años diagnosticando su innovation gap. Somos capaces de producir conocimiento científico excelente, pero tenemos mayores dificultades para convertirlo en grandes compañías tecnológicas. El problema aparece especialmente cuando las empresas necesitan crecer.
Además de falta de capital, la fragmentación regulatoria, la burocracia y las dificultades para operar en un mercado europeo todavía demasiado fragmentado terminan favoreciendo que muchas compañías busquen fuera de Europa las condiciones necesarias para escalar.
El European Innovation Act pretende actuar precisamente sobre este cuello de botella. Uno de sus principales objetivos consiste en facilitar que las empresas innovadoras puedan acceder a financiación utilizando mejor sus activos intangibles, especialmente la propiedad intelectual.
La Comisión propone crear un marco europeo común para valorar la propiedad intelectual, desarrollar un mercado digital que conecte compradores y vendedores de estos activos y proporcionar asesoramiento especializado para facilitar que las innovaciones lleguen al mercado.
Parece una cuestión técnica, pero detrás de ello exige un cambio de mentalidad. En la economía industrial tradicional, el valor empresarial estaba asociado fundamentalmente a fábricas, edificios, maquinaria o inventarios. En la economía del conocimiento, una parte creciente del valor se encuentra en patentes, algoritmos, datos, conocimiento, marcas y propiedad intelectual.
Europa necesita que su sistema financiero aprenda a financiar la nueva economía.
Convertir conocimiento en financiación
Según las estimaciones de la Comisión, las medidas que propone en European Innovation Act podrían movilizar unos 10.200 millones de euros anuales de financiación adicional para las empresas innovadoras y generar alrededor de 35 millones de euros en ahorro de costes administrativos.
Pero existe una segunda gran palanca, la contratación pública. Las administraciones públicas representan una enorme capacidad de compra. Si esa capacidad se utiliza estratégicamente, puede convertirse en uno de los mayores motores de innovación.
El European Innovation Act propone por ello un enfoque común europeo para la contratación pública de investigación y desarrollo, ofreciendo mayor seguridad jurídica, facilitando que las nuevas tecnologías lleguen antes al mercado y permitiendo que compradores públicos de diferentes Estados miembros realicen conjuntamente procesos de contratación de I+D.
La Comisión calcula que este nuevo marco podría generar 25.920 millones de euros adicionales de beneficios anuales para las empresas y alrededor de 1.000 millones de ahorro para los compradores públicos. La idea especialmente poderosa, el sector público no debe limitarse a regular la innovación; también puede crear mercados para ella.
Innovar también significa experimentar
Otra de las piezas interesantes del nuevo planteamiento europeo son los denominados regulatory sandboxes. La innovación avanza muchas veces más rápidamente que la regulación. Inteligencia artificial, biotecnología, nuevos materiales, tecnologías limpias o nuevos modelos energéticos pueden encontrarse con normas concebidas para una economía diferente.
Los entornos regulatorios controlados permiten probar soluciones innovadoras bajo supervisión antes de generalizar su utilización. La Comisión prepara una propuesta específica para facilitar estos espacios de experimentación y acelerar la transformación de las ideas en soluciones comerciales. Eso no significa desregular, sino regular de manera inteligente para poder innovar manteniendo las garantías necesarias.
Para Sostenibles.org existe además una lectura especialmente relevante. Europa está intentando conectar cada vez más innovación, competitividad y sostenibilidad. El European Innovation Act forma parte del Competitiveness Compass, la estrategia con la que la Unión Europea pretende cerrar la brecha de innovación, avanzar en la descarbonización y reducir dependencias estratégicas.
Esta conexión puede resultar decisiva para la economía verde. Europa difícilmente podrá liderar la transición ecológica si las tecnologías necesarias para realizarla se desarrollan industrialmente fuera del continente. Baterías, almacenamiento energético, nuevos materiales, tecnologías del agua, inteligencia artificial aplicada al clima, economía circular, biotecnología, movilidad eléctrica o tecnologías de descarbonización representan simultáneamente una agenda ambiental que constituye una enorme oportunidad industrial.
La política climática empieza a transformarse también en política económica. La propia propuesta presupuestaria europea para 2028-2034 apunta en esta dirección: plantea 451.000 millones de euros para competitividad e investigación, multiplicar por seis la inversión en tecnologías limpias, bioeconomía y descarbonización y mantener un Horizon Europe reforzado con 175.000 millones.
Quizá esta sea la transformación más interesante. Durante décadas Europa ha construido buena parte de su influencia global mediante su extraordinaria capacidad regulatoria convirtiéndose indirectamente en estándares globales. Pero en el mundo de hoy regular bien ya no es suficiente, hace falta algo más, innovación política, económica, tecnológica y social.
La nueva competición internacional se juega también en la capacidad para crear tecnologías, financiar empresas, atraer talento, desarrollar industrias y escalar soluciones. Estados Unidos, China y otras potencias compiten mediante inversión, tecnología, política industrial y control de cadenas estratégicas. Europa necesita encontrar su propio modelo.
No debemos copiar a Silicon Valley ni el capitalismo dirigido chino. Europa puede construir un ecosistema propio basado en conocimiento, mercado interior, sostenibilidad, derechos, colaboración público-privada y propósito social. El European Innovation Act debería entenderse así como una oportunidad para una transformación europea mucho más amplia.
Innovar ya no consiste únicamente en conseguir mejores productos. Significa construir autonomía económica, resiliencia, competitividad y soberanía tecnológica. Una Europa que inventa pero no escala termina dependiendo de quienes convierten sus inventos en industria.
Tenemos conocimiento, talento, empresas, ciudades, universidades y un enorme mercado interior. El reto consiste ahora en conectarlos y generar un nuevo círculo virtuoso de innovación y generación de nuevo progreso. La verdadera medida del éxito europeo no será únicamente cuántas buenas ideas somos capaces de generar, sino cuántas conseguimos transformar en empresas, empleo, soluciones sostenibles y prosperidad compartida.

