jueves, agosto 13, 2026
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Los empleos del futuro: cómo convertir el cambio tecnológico en una oportunidad inclusiva.

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La inteligencia artificial, la automatización y la digitalización están transformando el mercado laboral. Una transición que plantea nuevos retos más allá de la tecnología: ¿quién tendrá realmente acceso a los empleos del futuro? Para las personas con discapacidad, la respuesta dependerá de que empresas, instituciones y sistemas educativos sean capaces de convertir el cambio tecnológico en una oportunidad de inclusión y no en una nueva fuente de desigualdad.

La realidad laboral de las personas con discapacidad continúa marcada por una fuerte desigualdad, pese a los avances normativos y sociales de los últimos años. Sus tasas de actividad y empleo siguen siendo considerablemente inferiores a las de la población sin discapacidad, y quienes consiguen incorporarse al mercado laboral se enfrentan con frecuencia a empleos de menor cualificación, dificultades para promocionar y condiciones que no siempre se corresponden con su formación.

A estas barreras se suma una discriminación menos visible, basada en prejuicios sobre su productividad, autonomía o capacidad para asumir responsabilidades. El problema, por tanto, no reside únicamente en facilitar el acceso a un puesto de trabajo, sino también en combatir los estereotipos que condicionan la contratación y el desarrollo profesional.

La verdadera inclusión laboral exige procesos de selección accesibles, adaptaciones razonables y, sobre todo, que las empresas valoren a cada persona por sus competencias y talento, y no por las limitaciones que presuponen asociadas a su discapacidad.

Según los datos recogidos por El País, el 82% de las personas con discapacidad dispone de estudios medios o superiores. Sin embargo, entre quienes poseen estudios superiores, únicamente un 23% accede a puestos de alta cualificación. Una parte importante continúa trabajando en empleos que no aprovechan plenamente sus conocimientos y capacidades.

Esta diferencia resulta especialmente preocupante ante la transformación del empleo. Muchos trabajadores con discapacidad se concentran actualmente en ocupaciones de menor complejidad y en sectores cuyas competencias pueden perder relevancia debido a la automatización. Si las nuevas oportunidades laborales se encuentran precisamente en actividades digitales y de mayor cualificación, las personas con discapacidad pueden ser uno de los colectivos más impactados y aumentar la brecha existente.

Las cifras muestran que queda mucho camino por recorrer. De acuerdo con datos del Observatorio sobre Discapacidad y Mercado de Trabajo citados por Fundación ONCE, la tasa de empleo de las personas con discapacidad se sitúa en el 28,5%, frente al 69% de las personas sin discapacidad. Es una diferencia superior a 40 puntos porcentuales que demuestra que la inclusión laboral sigue siendo un desafío estructural.

Pero la formación, aunque imprescindible, no resuelve por sí sola el problema. Las barreras también aparecen en los procesos de selección y promoción profesional. Los prejuicios sobre las capacidades de una persona, la falta de accesibilidad o unos sistemas de contratación diseñados sin tener en cuenta diferentes necesidades pueden impedir que candidatos perfectamente preparados accedan a determinados puestos.

La inclusión no consiste únicamente en contratar a una persona con discapacidad, sino en garantizar que pueda desarrollar una carrera profesional en igualdad de oportunidades.

La tecnología, y en especial la IA, más allá de las oportunidades que ofrece puede introducir nuevos riesgos. Los algoritmos utilizados para seleccionar candidatos, por ejemplo, pueden reproducir sesgos presentes en los datos con los que han sido entrenados. Una digitalización que no incorpore criterios de accesibilidad desde su diseño puede levantar nuevas barreras.

Al mismo tiempo, esas tecnologías ofrecen enormes posibilidades. Herramientas de reconocimiento de voz, asistentes basados en IA, sistemas de transcripción automática o interfaces adaptadas pueden facilitar tareas que anteriormente presentaban importantes dificultades. La cuestión decisiva será, por tanto, cómo se diseñan y utilizan estas herramientas.

El desafío, no consiste simplemente en enseñar o formar en nuevas herramientas. La rapidez del cambio obliga a pensar en términos de reskilling y upskilling: aprender competencias nuevas y actualizar continuamente las que ya se poseen. Esta formación permanente será cada vez más importante para cualquier trabajador, pero adquiere una relevancia especial para quienes parten de una posición de desventaja en el mercado laboral.

Las empresas también tienen una responsabilidad fundamental. Necesitan revisar sus procesos de selección, garantizar la accesibilidad de sus herramientas digitales, formar a los responsables de recursos humanos y ofrecer posibilidades reales de promoción. Contratar personas con discapacidad para cumplir una cuota legal o mejorar indicadores corporativos no equivale necesariamente a inclusión.

La inclusión auténtica comienza cuando las personas con discapacidad pueden asumir responsabilidades, especializarse, ascender y participar en las áreas donde se está construyendo el futuro de la organización.

La transformación tecnológica abre así una oportunidad histórica. Los empleos del futuro todavía se están definiendo y, precisamente por eso, existe margen para diseñarlos de manera diferente. La inteligencia artificial puede reducir barreras o reforzarlas; la digitalización puede democratizar oportunidades o aumentar desigualdades. El resultado dependerá de las decisiones que se adopten ahora.

El verdadero indicador de éxito no será solamente cuántos nuevos puestos de trabajo genere la revolución tecnológica, sino quién puede acceder a ellos.

Si las personas con discapacidad participan plenamente en las nuevas profesiones la innovación habrá servido también para construir un mercado laboral más diverso y justo. Si quedan relegadas nuevamente a los márgenes, habremos modernizado la tecnología sin modernizar realmente la sociedad.

La sostenibilidad en el transporte de mercancías por Ferrocarril

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Miguel Lapeña Cregenzán

El pasado mes de junio en el marco del SIL Barcelona – Salón Internacional de la Logística, participé en la mesa redonda “QUO VADIS: Estratègia catalana de terminals ferroviàries“, organizada por CIMALSA, entidad de la Generalitat de Catalunya.

La mesa redonda con ponentes de sector público y privado fue importante para poner en valor la Estrategia Catalana de Terminales Ferroviarias para el impulso del transporte de mercancías, entre ellas, la Terminal de Torreblanca-Quatre Pilans, en Lleida.

La futura Estación Intermodal de Torreblanca en Lleida, es clave para el territorio, impulsando un nuevo espacio económico común, entre Aragón y Catalunya, donde el sector agroalimentario es líder y consolida a Lleida como la capital del HUB Agroalimentario del sur de Europa.

Lleida planifica una Estación Intermodal con una capacidad de 12.000 trenes anuales, con una extensión de 120 hectáreas, una inversión de 131 millones de € y un compromiso clave con la Sostenibilidad, con la reducción de 500.000 toneladas de CO₂ al año. Quedan retos pendientes como la electrificación de la vía y el ancho europeo, aspectos que con trabajo y dedicación se irán superando.

Siempre desde un modelo de gestión basado en la colaboración público – privada, donde dos actores son clave, los Puertos de Barcelona y de Tarragona, así como los instrumentos participados por el Ajuntament de Lleida, como MercoLleida y la Estación Aduanera EDULLESA, referentes para el impulso de la Intermodal, alineado con el talento y la innovación que puede aportar el Parque Tecnológico AgroBiotech.

Si hacemos referencia a las alianzas, con los Puertos de Barcelona y Tarragona para que las mercancías estén conectadas y viajen a Europa y a África a través del Puerto de Algeciras, no hemos de olvidar la importancia del Aeropuerto Lleida – Alguaire, toda una oportunidad para conectar las mercancías vía aérea con todo el mundo.

La Estación Intermodal de Lleida, forma parte del proyecto estratégico del Área de Actividad Económica de Torreblanca, con 400 hectáreas de suelo industrial y logístico de muy alta calidad, todo ello, alineado con la oficina de atracción de inversiones del Ajuntament de Lleida, Invest In Lleida and Talent.

Las políticas del Pacto Verde Europeo impulsan la sostenibilidad en los ámbitos de la movilidad y, sobre todo, en la apuesta por el ferrocarril como herramienta de transporte verde de mercancías y de conexión de diferentes puertos, tanto nacionales como europeos, esta es el liderazgo de Lleida, la intermodalidad, el crecimiento económico, la atracción y retención del talento, siempre desde un punto de vista de la sostenibilidad con el territorio.

Un ejemplo de ciudad sostenible e innovadora con visión europea.

El futuro ya esta planificado. Una apuesta clara y decidida por la intermodalidad es apostar por un modelo económico más sostenible, competitivo y alineado con Europa, el compromiso con el territorio y la apuesta por el talento.

Miguel Luis Lapeña Cregenzán, Embajador Europeo por el Pacto Climático. Director Adjunt de Promoció de la Ciutat – Ajuntament de Lleida.

¿Eliminar al Chief Sustainability Officer?. El riesgo no es el cargo, sino perder el liderazgo estratégico.

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Durante los últimos meses ha comenzado a consolidarse en algunas grandes compañías, especialmente en Estados Unidos, la eliminación de la figura del Chief Sustainability Officer (CSO) integrando sus funciones en otras áreas de la organización. ¿Estamos ante un backlash contra las políticas ESG y que la sostenibilidad pierde peso en la agenda corporativa?

La realidad es bastante más compleja. El último informe del Weinreb Group, recogido por Sustenomics, confirma por primera vez en dieciséis años una reducción del 10 % en el número de Chief Sustainability Officers en las empresas cotizadas estadounidenses. El estudio muestra que los presupuestos destinados a sostenibilidad apenas han variado y que el número de profesionales que trabajan estas cuestiones desde otras áreas de la empresa ha aumentado un 42 %.

Los datos apuntan a que la sostenibilidad no desaparece, sino que se distribuye por toda la organización. Muchos analistas interpretan este cambio como una señal de madurez. Si la sostenibilidad forma parte de las decisiones de operaciones, compras, finanzas, recursos humanos o innovación, quizá ya no sea necesario un departamento específico que la impulse.

Sin embargo, esa conclusión puede resultar precipitada. La sostenibilidad no es únicamente una función transversal. Es, sobre todo, una visión y toda transformación estratégicas necesita visibilidad y reconocimiento del liderazgo. Es por ello por lo que no se trata de una cosa o la otra, sino las dos a la vez.

La integración transversal de la sostenibilidad es una buena noticia. La sostenibilidad no debe estar anclada en un departamento periférico encargado de elaborar memorias o gestionar la reputación corporativa. Las decisiones verdaderamente relevantes sobre descarbonización, biodiversidad, economía circular, derechos humanos o cadenas de suministro deben tomarse en las unidades de negocio de las empresas de manera descentralizada y coordinada.

Precisamente por ello, resulta aún más necesaria que nunca una figura capaz de coordinar, alinear prioridades y garantizar que toda la organización avanza en una misma dirección, esto es, que ejerza realmente el liderazgo en materia de sostenibilidad. La gran transformación radica en que deje un proyecto para convertirse en una dimensión estructural del negocio y no dependa de la convicción ética de los directivos.

Eliminar el cargo de Chief Sustainability Officer sería un un error similar a suprimiR la dirección financiera porque todas las áreas gestionan presupuestos.

Precisamente por todo eso se necesita una dirección estratégica. Eliminar el cargo de Chief Sustainability Officer sería un un error similar al que cometería una empresa suprimiendo la dirección financiera porque todas las áreas gestionan presupuestos.El problema no es el CSO como responsables de reporting, cumplimiento normativo o comunicación ESG. La figura del nuevo Chief Sustainability Officer debe evolucionar para convertirse en un Chief Transformation Officer capaz de integrar sostenibilidad, innovación, gestión del riesgo, estrategia corporativa, inteligencia competitiva y creación de valor.

Una responsabilidad que no necesita controlar todas las decisiones, sino influir sobre ellas. Harvard Business Review ya apuntaba hace algunos años esta evolución al señalar que los mejores CSO habían dejado de centrarse en la narrativa reputacional para participar directamente en la definición de la estrategia empresarial y el diálogo con los inversores. Hoy esa transformación resulta aún más evidente.

El riesgo de la fragmentación

Uno de los peligros menos visibles en las organizaciones es distribuir responsabilidades sin un liderazgo claro porque, aumenta el riesgo de incoherencias, duplicidades y costes debilitando la eficiencia de la organización. La sostenibilidad exige una buena gobernanza y coherencia. Cuando los responsables de sostenibilidad disponen de autoridad real, capacidad de influencia y respaldo institucional, las empresas mejoran su desempeño ambiental y reducen el riesgo de greenwashing. Cuando el nombramiento es meramente simbólico, todo eso prácticamente desaparecen.

La conclusión de esta reflexión es que no debería eliminarse el puesto de CSO, sino fortalecerlo. En la era de la economía de la reputación se necesita necesita liderazgo porque no se trata de comunicar compromisos sino demostrar capacidad de ejecución. Los grupos de interés ya no evalúan únicamente los objetivos climáticos anunciados por las empresas, sino evalúan lo que realmente hace.

En ese contexto, el Chief Sustainability Officer desempeña un papel mucho más amplio que la gestión ambiental, es un integrador de conversaciones. El CSO es un traductor entre ciencia, innovación, regulación, negocio, reputación y sociedad. Es un diplomático corporativo capaz de generar consensos dentro y fuera de la organización. En un entorno geopolítico marcado por la incertidumbre, las tensiones regulatorias y la aceleración tecnológica, las empresas necesitan perfiles capaces de conectar disciplinas que tradicionalmente trabajaban por separado.

Así pues, la verdadera pregunta que deben hacerse las empresas no es si tiene que desaparecer el Chief Sustainability Officer. La pregunta es qué tipo de liderazgo necesita la sostenibilidad en esta nueva etapa en el que se necesita una sostenibilidad más distribuida pero más coordinada, influyente e integrada.

La sostenibilidad ya no es un departamento, es una capacidad estratégica que condiciona la competitividad, la resiliencia y la licencia social para operar. Y toda capacidad estratégica necesita alguien que la impulse, la conecte con el negocio y garantice que no se pierde entre las prioridades del día a día.

Eliminar al Chief Sustainability Officer puede parecer una decisión eficiente en el organigrama, pero corre el riego de diluir la capacidad de liderazgo, de coordinación y de transformación siendo un ahorro efímero. Lo que está en juego no es un cargo, sino la capacidad de la empresa de competir en una economía donde la sostenibilidad ya no es una opción reputacional, sino un factor decisivo de creación de valor y de competitividad.

La diplomacia del agua, desafío geopolítico del siglo XXI.

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Durante décadas, la seguridad internacional ha estado definida por los riesgos de conflicto militar, el acceso a la energía, las materias primas o las rutas comerciales. Hoy, el agua emerge como un nuevo recurso emerge como un factor estratégico con capacidad para alterar el equilibrio económico, político y social. Lo que hasta hace pocos años era considerado un asunto ambiental se convirte en una cuestión de seguridad nacional, competitividad económica y estabilidad internacional.

Un reciente informe aprobado por el Parlamento Europeo reclama que la gobernanza transnacional del agua sea considerada una prioridad estratégica de la política exterior y de seguridad de la Unión. El documento alerta de que el cambio climático, el crecimiento demográfico y la presión sobre los recursos hídricos pueden convertir el agua en un factor de conflicto y reclama reforzar la inversión, la cooperación público-privada y los mecanismos internacionales de gobernanza.

No es una preocupación teórica. La guerra de Ucrania ha demostrado que las infraestructuras hidráulicas pueden convertirse en objetivos militares, mientras que en Oriente Próximo el acceso al agua forma parte desde hace décadas de las tensiones geopolíticas. Al mismo tiempo, las grandes cuencas fluviales compartidas —desde el Nilo hasta el Mekong, pasando por el Tigris, el Éufrates o el Indo— son escenarios donde la competencia por el recurso puede intensificarse a medida que disminuye su disponibilidad.

Sin embargo, el conflicto por el agua no siempre adopta la forma de una guerra. En muchas ocasiones se manifiesta mediante tensiones económicas, sociales y territoriales. Las sequías prolongadas enfrentan los intereses del abastecimiento urbano, la agricultura, la industria, la producción energética y la conservación de los ecosistemas. Las restricciones generan conflictos entre regiones, entre sectores productivos e incluso entre generaciones.

Europa tampoco está al margen de esta realidad emergente. Las sucesivas sequías han afectado a la navegación en el Rin y el Danubio, alterando cadenas logísticas y comerciales fundamentales para la economía europea. Al mismo tiempo, algunos proyectos de nuevas infraestructuras hidráulicas en países alpinos generan preocupación aguas abajo por su posible impacto sobre los caudales y los sedimentos. La gestión del agua ya no puede entenderse únicamente desde una perspectiva nacional; exige mecanismos permanentes de cooperación entre territorios y Estados.

El agua se ha convertido en un recurso estratégico para el desarrollo económico y la cohesión territorial. Países como España conoce bien esta complejidad y las tensiones en torno a los trasvases, la sobreexplotación de acuíferos, la presión sobre determinados ecosistemas.

el reto del siglo XXI no consiste únicamente en disponer de más agua, sino en desarrollar una gobernanza mucho más sofisticada.

Durante décadas, la gestión hídrica ha descansado casi exclusivamente sobre las administraciones públicas. Sin embargo, el nuevo escenario climático exige inversiones muy superiores a las capacidades públicas. Modernizar redes de abastecimiento, reducir pérdidas, restaurar cuencas hidrográficas, recuperar humedales, mejorar la eficiencia del regadío, construir infraestructuras verdes, reutilizar aguas regeneradas o digitalizar los sistemas de gestión requerirá movilizar miles de millones de euros durante las próximas décadas.

Ninguna administración podrá afrontar este desafío en solitario. Por ello, la nueva gobernanza del agua deberá construirse sobre modelos de colaboración público-privada mucho más sofisticada que los conocidos hasta ahora. No se trata de privatizar un bien público ni de reducir el papel del Estado. Al contrario. La responsabilidad pública seguirá siendo irrenunciable en la planificación, la regulación, la garantía del derecho humano al agua y la protección de los ecosistemas.

Lo que cambia es la manera de generar valor. Las administraciones deberán ejercer un liderazgo estratégico capaz de movilizar a empresas, centros de investigación, operadores tecnológicos, propietarios forestales, comunidades de regantes, entidades sociales y ciudadanía en torno a objetivos compartidos de resiliencia hídrica.

El agua exige una gobernanza policéntrica, donde múltiples actores cooperen desde responsabilidades diferenciadas. En este contexto, las empresas dejan de ser únicamente usuarias del recurso para convertirse en corresponsables de su conservación. Sectores como el agroalimentario, la industria, la energía, el turismo o las empresas de agua pueden desempeñar un papel decisivo financiando proyectos de restauración de cuencas, impulsando soluciones basadas en la naturaleza, mejorando la eficiencia de los procesos productivos o promoviendo la economía circular del agua.

En ese terreno, la innovación con la digitalización mediante sensores, la inteligencia artificial, los gemelos digitales o los sistemas predictivos permitirá optimizar el uso del recurso casi en tiempo real. Del mismo modo, las soluciones basadas en la naturaleza —ciudades esponja, restauración de humedales, gestión forestal adaptativa o recuperación de corredores fluviales— serán tan importantes como las grandes infraestructuras hidráulicas tradicionales.

Una nueva diplomacia del agua.

Como tantas otras cosas en materia de gobernanza, nuestro sistema de gestión basados en los modelos del s.XX han quedado obsoletos. La diplomacia ya no es patrimonio de los gobiernos de los Estados, y la capacidad para construir confianza entre actores ya no se sustenta únicamente sobre la capacidad técnica en gestión del agua, sino que requiere del concurso de nuevos actores como administraciones locales, empresas, comunidades científicas y grupos de la sociedad civil.

En este sentido, la nueva gobernanza del agua comparte muchos elementos con la diplomacia corporativa que venimos aplicando en otros ámbitos y organizaciones. Escuchar a los grupos de interés, anticipar conflictos, construir consensos, generar confianza y desarrollar alianzas estables deja de ser una cuestión de reputación para convertirse en un requisito de seguridad y resiliencia.

Como he defendido en distintos publicaciones y ponencias sobre la economía de la reputación, el liderazgo del siglo XXI ya no se medirá únicamente por la capacidad de controlar recursos, sino por la capacidad de articular ecosistemas de colaboración. La gestión del agua radiografía bien esta nueva lógica. Ningún actor, ni público, ni privado o social posee por sí solo las competencias, el conocimiento o los recursos necesarios para gestionar un bien tan complejo y estratégico. Necesitanos una nueva arquitectura de gobernanza del agua.

La Unión Europea ha comenzado a comprender que la seguridad hídrica forma parte de la seguridad económica, climática y geopolítica del continente. Su Estrategia Europea de Resiliencia Hídrica sitúa el agua como un recurso esencial para la competitividad, la innovación y la preparación frente a futuras crisis. La cuestión es si seremos capaces de construir instituciones, alianzas y modelos de gobernanza inteligentes para evitar que la escasez derive en tensiones conflicto y convertirla en una oportunidad para innovar, cooperar y fortalecer la resiliencia de nuestras sociedades.

En definitiva, como explicaba en mi libro La República Verde, neecsitamos reconstruir la idea de progreso con la sostenibilidad en el centro. En ese contexto, la seguridad hídrica es un ejemplo de que ya no dependemos únicamente de la cantidad de agua disponible, sino de la calidad de la gobernanza que seamos capaces de construir alrededor de ella.

Pau Solanilla es fundador y editor de Sostenibles.Org. Socio de sector público en Harmon.

Diversidad e inclusión en las empresas: un buen negocio.

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Durante años, la diversidad en las empresas se interpretó como una cuestión de responsabilidad social o de cumplimiento normativo. Hoy, la evidencia acumulada durante la última década muestra que la diversidad y la inclusión no solo contribuyen a construir organizaciones más justas, sino que también están asociadas con mejores resultados económicos, una mayor capacidad de innovación y una mayor resiliencia frente a un entorno cada vez más incierto.

Los datos son claros, las organizaciones que incorporan personas con diferentes experiencias, edades, géneros, culturas, capacidades o formas de pensar amplían su capacidad para comprender mercados diversos, tomar mejores decisiones y adaptarse con mayor rapidez a los cambios, esto es, son más resilientes.

Uno de los estudios más citados sobre esta cuestión es la serie Diversity Matters de McKinsey & Company. Su edición más reciente, publicada en 2023 bajo el título Diversity Matters Even More, concluye que las empresas situadas en el cuartil superior en diversidad de género en sus equipos directivos tienen un 39 % más de probabilidades de obtener una rentabilidad superior a la media de su sector.

Ese mismo porcentaje se observa en compañías con mayor diversidad étnica en la alta dirección. Además, las organizaciones con baja diversidad tienen una probabilidad significativamente mayor de registrar un rendimiento financiero inferior al de sus competidores. Conviene matizar que el propio estudio habla de una correlación, no de una relación causal demostrada, aunque la consistencia de los resultados a lo largo de casi diez años refuerza la solidez de esta asociación.

¿Por qué ocurre esto? La respuesta parece estar en la calidad de las decisiones. Equipos homogéneos tienden a confirmar sus propias ideas y a reproducir sesgos inconscientes. Por el contrario, los equipos diversos incorporan perspectivas diferentes, cuestionan las decisiones con mayor profundidad y analizan un abanico más amplio de riesgos y oportunidades.

Este fenómeno es especialmente relevante en un contexto económico marcado por la transformación digital, la transición ecológica y la aceleración tecnológica. La innovación ya no depende únicamente de la inversión en I+D, sino de la capacidad de combinar conocimientos, experiencias y miradas diferentes para resolver problemas complejos.

Diversos análisis que hemos ido publicando en Sostenibles.org han insistido precisamente en esta idea: la sostenibilidad empresarial no puede entenderse únicamente desde la dimensión ambiental. La sostenibilidad, comienza por las personas. El capital humano, la diversidad y la inclusión forman parte del componente social de los criterios ESG y se han convertido en factores estratégicos para atraer talento, fortalecer la reputación corporativa y mejorar la capacidad de adaptación de las organizaciones.

La diversidad también influye en la capacidad para atraer y fidelizar profesionales. Las nuevas generaciones valoran cada vez más trabajar en empresas donde puedan desarrollarse en igualdad de oportunidades y donde las diferencias sean consideradas una fortaleza. En un mercado laboral caracterizado por la escasez de talento cualificado, disponer de culturas inclusivas constituye una ventaja competitiva difícil de imitar.

No obstante, sería un error pensar que basta con aumentar los indicadores de representación. La evidencia demuestra que la diversidad solo genera valor cuando va acompañada de una auténtica cultura de inclusión. McKinsey subraya que muchas empresas han mejorado sus cifras de diversidad sin conseguir todavía que todas las personas participen en igualdad de condiciones en la toma de decisiones. La inclusión es el elemento que transforma la diversidad en resultados empresariales.

Al mismo tiempo, es importante abordar este debate con rigor. Algunos trabajos académicos recientes han cuestionado que exista una relación causal directa entre diversidad y rentabilidad, señalando limitaciones metodológicas en algunos estudios muy conocidos. Estos autores recuerdan que empresas más rentables también pueden disponer de mayores recursos para desarrollar políticas de diversidad, por lo que parte de la relación observada podría funcionar en sentido inverso.

Lejos de invalidar el argumento, este debate invita a reflexionar. La diversidad, por sí sola, no garantiza mejores resultados económicos, debe formar parte de una estrategia de liderazgo inclusivo, de una buena gobernanza y de una cultura orientada a la innovación. Ese patrón es el que aparece de manera recurrente asociada a organizaciones más competitivas y resilientes.

En este sentido, la diversidad debe entenderse como una inversión estratégica. Igual que las empresas invierten en tecnología, formación o transformación digital para mejorar su competitividad, invertir en atraer, desarrollar y retener talento diverso amplía su capacidad para generar valor a largo plazo.

La sostenibilidad empresarial del siglo XXI exige organizaciones capaces de responder a desafíos complejos como el cambio climático, la transformación tecnológica, el envejecimiento demográfico o las nuevas expectativas sociales. Ninguno de estos retos puede afrontarse desde la uniformidad sino desde la diversidad.

Las empresas que mejor se adaptarán al futuro no serán necesariamente las más grandes ni las que dispongan de más recursos, sino aquellas capaces de aprovechar toda la inteligencia disponible. El mejor talento no depende del género, la edad o el origen, sino de las capacidades de las personas que forman parte de ellas.

Porque la diversidad ya no es únicamente un compromiso con la igualdad. Es una decisión inteligente de negocio y un factor que contribuye a construir empresas más innovadoras, más competitivias, más sostenibles y mejor preparadas para competir en un mundo cada vez más complejo.

Proteger a los niños en redes sociales, desinformación y transición energética: principles inquietudes de los europeos.

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UE
Sostenibles

Una nueva encuesta del Eurobarómetro muestra que los europeos están preocupados por todos los riesgos a los que se enfrentan los niños en las redes sociales. En el contexto de la creciente dependencia de las redes sociales, los ciudadanos ven la necesidad de una mejor protección y una acción más dura para luchar contra la desinformación, piden una mayor participación democrática, capacidades de defensa y transición hacia una energía limpia.  

Una gran mayoría de europeos quiere que la UE haga más para proteger a los niños de los riesgos en línea. Los europeos están abrumadoramente preocupados por todos los riesgos a los que se enfrentan los niños en las redes sociales. El ciberacoso y el acoso encabezan la lista de preocupaciones (71 % de encuestados), seguidos de cerca por los temores a la captación en línea y la explotación sexual (70 %), la exposición a contenidos nocivos como la violencia, la autolesión o el extremismo (69 %) y el uso indebido de los datos personales de los niños (69 %). Las mayorías significativas también señalan el riesgo de que los niños sean reclutados para actividades ilegales (64%) y expuestos al diseño adictivo de plataformas (60%).

Una gran mayoría de europeos quiere que la UE haga más para proteger a los niños de los riesgos en interner. Casi dos de cada tres europeos (63 %) quieren que las normas de la UE restrinjan el acceso de los niños a las redes sociales por edad, ya sea mediante una prohibición absoluta por debajo de un determinado umbral (36 %) o un acceso retrasado (27 %). El 15 % está a favor de reforzar los recursos policiales, mientras que el 13 % prefiere dejar la supervisión a los padres y las escuelas sin más intervención de la UE.

Dos tercios de los europeos (66 %) utilizan las redes sociales todos los días para obtener información sobre asuntos de actualidad o política.

En este contexto, los europeos señalan como principales prioridades abordar la información falsa o engañosa sanciones más estrictas para los contenidos ilegales en línea (44 %) y normas más estrictas para las plataformas (40 %), seguidas de un etiquetado claro de los contenidos generados o manipulados por IA (38 %), un umbral mínimo de edad para el acceso a las redes sociales (37 %) y una mayor inversión en alfabetización mediática y verificación independiente de datos (29 %).

La libertad de expresión, las elecciones justas y el Estado de Derecho

Los europeos también se sienten apegados a los elementos clave de la democracia. La libertad de expresión (34%), las elecciones libres y justas (32%) y el respeto del Estado de Derecho y los derechos fundamentales (31%) encabezan la lista de los europeos de los elementos más importantes de una sociedad democrática, según los hallazgos de la nueva encuesta.

La lucha contra la corrupción (28%), la transparencia y la rendición de cuentas de los líderes políticos junto con un sistema de justicia independiente (26%) y la participación ciudadana en el debate público y la toma de decisiones (22%) también se citan como pilares clave. Más allá del voto, los europeos ven las formas de participación más directa como una forma eficaz de influir en la toma de decisiones de la UE (46 %), seguida de la participación en movimientos políticos, partidos o sindicatos (42 %).

Una gran mayoría de europeos (68 %) está de acuerdo en que la UE debe reforzar su capacidad para defenderse de forma autónoma frente a posibles amenazas externas.  El 56 % (+4 puntos porcentuales desde enero de 2026) afirma que confía en que la UE refuerce la seguridad y la defensa y proteja mejor a sus ciudadanos.

Las energías renovables y la eficiencia energética fundamentales

La encuesta también reveló que más de la mitad de los encuestados (56 %) cree que el desarrollo de una mayor capacidad de energía renovable puede ayudar a la UE a abandonar los combustibles fósiles, mientras que dos de cada cinco encuestados señalan medidas de eficiencia energética. El 32% también ve la energía nuclear como una solución potencial.

En cuanto a las medidas concretas adoptadas por los ciudadanos tras el aumento de los precios de la energía, casi uno de cada tres encuestados (31 %) ha reducido su consumo total de electricidad, mientras que más de uno de cada cuatro (27 %) ha comenzado a supervisar más de cerca su consumo de energía o ha reducido su consumo de calefacción o refrigeración (26 %).

La lista de medidas se completa ajustando el consumo de energía a diferentes momentos del día para beneficiarse de precios más bajos (20 %), invirtiendo en aparatos más eficientes desde el punto de vista energético (16 %), comparando o cambiando el proveedor o contrato de energía (14 %) e instalando o considerando la instalación de soluciones de energía renovable (14 %).

El Eurobarómetro Flash 584 sobre retos y prioridades de la UE (junio de 2026) se llevó a cabo en línea del 19 al 24 de junio de 2026. En total, se entrevistó a 25 904 ciudadanos de la UE en los 27 Estados miembros.

Para saber más:

Eurobarómetro Flash n.o 584

El cambio climático mata: una cuestión de seguridad nacional, de resiliencia territorial y de seguridad humana.

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Durante décadas hemos hablado del cambio climático o de la crisis climática como un problema ambiental. Más tarde lo empezamos a percibir como un problema económico e igualmente de salud pública. Pero los acontecimientos que estamos viviendo en los últimos años nos obligan a dar un paso más. El cambio climático ya no puede entenderse únicamente como una cuestión ecológica o económica. Es, ante todo, un problema de seguridad humana y como toda amenaza para la seguridad exige prioridad y acción.

La DANA que arrasó Valencia hace menos de dos años dejó 238 fallecidos y las sucesivas olas de calor como las que estamos viviendo en Europa provocan miles de muertes prematuras. La multiplicación de incendios como el devastador incendio de Los Gallardos en Almería, deja un dramático balance de víctimas mortales, desaparecidos, centenares de personas evacuadas y millones en pérdidas económicas.

Todo ello forma parte de una misma realidad y tiene un hilo conductor, la crisis climática. Los fenómenos climáticos extremos ya no son excepcionales, sino la nueva normalidad para la vida de las personas, las empresas y la gestión pública. Un cambio de paradigma en que lo que antes era excepcional hoy cualquier incidente climático puede convertirse en una catástrofe.

La ciencia lleva años advirtiéndolo, y no hay más ciego que el que no quiere ver, y en eso tienen especial responsabilidad los negacionistas y retardistas climáticos incrustados en en algunas instituciones, empresas o medios de comunicación. Seguimos utilizando un lenguaje político, económico y social que no es apropiado para los tiempos actuales. Hablamos de pérdidas económicas, de daños medioambientales o de costes sanitarios, cuando en realidad deberíamos hablar del grave riesgo para nuestra forma de vida y para la seguridad personal y colectiva. Si la seguridad y la defensa han pasado a primera línea de la actualizad y prioridad, la crisis climática debería estar como mínimo al mismo nivel.

El economisa David Lizoain lo expresa con una enorme contundencia en su libro Crimen climático. El propio subtítulo del libro es revelador: “Cómo el calentamiento global está provocando un genocidio”. Su tesis resulta incómoda precisamente porque obliga a abandonar nuestra zona de confort político y económico de considerar el cambio climático como un simple fallo del mercado o una externalidad ambiental. Lo que está en juego, sostiene Lizoain, es decidir quién vive, quién muere y quién soporta los mayores riesgos de una crisis provocada por un modelo económico basado en la dependencia de los combustibles fósiles y el crecimiento ilimitado.

Y Lizoain tiene razón al afirmar que toda política es ya política climática, porque toda política determina la voluntad política y el grado de protección de la vida o de los ecosistemas frente a una amenaza que conocemos y que está detalladamente estudiada. Eso es en buena parte lo que desarrollé hace dos años en mi libro La República Verde. La sostenibilidad ya no puede entenderse únicamente como una política sectorial, sino como el nuevo contrato social sobre el que deben construirse las democracias y la nueva noción de progreso del siglo XXI.

El reto es hacerse cargo de cómo la crisis climática y el aumento de las desigualdades obligan a repensar las instituciones, la gobernanza y las prioridades públicas para garantizar el progreso colectivo. La sostenibilidad se reconfigura como la condición que hace posible la estabilidad democrática y el bienestar de nuestras sociedades.

Proteger el clima significa proteger a la sociedad, nuestro presente y nuestro futuro. No actuar de forma decidida frente a la crisis climática representa un fracaso de nuestra capacidad colectiva para proteger a la ciudadanía. La respuesta no puede limitarse a reconstruir después del desastre. Adaptarse significa rediseñar el territorio y nuestras ciudades, proteger las infraestructuras críticas, mejorar los sistemas de alerta, recuperar espacios naturales que amortigüen inundaciones, gestionar los bosques para reducir el riesgo de incendios y preparar a la población para responder ante emergencias cada vez más frecuentes.

Todo ello es una responsabilidad colectiva que requiere un cambio cultural,  político y económico para dibujar una nueva gobernanza mucho más sofisticada y eficaz. Durante demasiado tiempo hemos debatido cuánto cuesta actuar contra el cambio climático, cuando la cuestión central es cuánto cuesta no hacerlo. La factura ya no la podemos medir únicamente en millones de euros destinados a reconstruir carreteras, viviendas o infraestructuras. Se trata ya de vidas perdidas, familias desplazadas, comunidades traumatizadas y territorios cada vez más vulnerables.

Hablar de crisis climática no es hablar de sostenibilidad, es hablar de seguridad nacional, de resiliencia territorial y de seguridad humana. Por eso resulta urgente cambiar el relato y las políticas. El cambio climático mata, y cuando una amenaza pone en riesgo la vida de miles de personas, deja de ser una política ambiental para convertirse en una prioridad de Estado o de la UE.

La transición ecológica no consiste únicamente en instalar más energías renovables o reducir emisiones. El progreso consiste, sobre todo, en garantizar que las generaciones presentes y futuras puedan vivir con seguridad en territorios y ciudades cada vez más expuestos a fenómenos extremos. Ese es el reto de la neuva República Verde, movilizarnos para reconfigurar la actividad política. económica y social que permita reconstruir la idea de progreso para proteger la vida. El cambio climático ya no es el principal problema del futuro, es ya el principal desafío para la seguridad humana del presente y hacer de ello una prioridad es acto de responsabilidad individual y colectivo.

Percepción social de la transición ecológica en España.

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La transición ecológica sigue contando con un importante apoyo pero afronta nuevos desafíos relacionados con el contexto económico y la percepción de sus impactos sociales. Así lo refleja el Informe 2026 sobre la percepción social de la transición ecológica en España, elaborado por el Observatorio de Transición Justa. Una radiografía de cómo evolucionan las opiniones, preocupaciones y expectativas de la población ante la transformación económica y social de las próximas décadas.

El estudio, basado en una encuesta representativa realizada a 3.280 personas entre enero y febrero de 2026, constituye la cuarta edición de esta investigación longitudinal. Su principal novedad es la incorporación de un módulo específico sobre la percepción del riesgo climático y la adaptación, dos aspectos que permiten comprender mejor qué impulsa o frena la implicación ciudadana frente al cambio climático.

Uno de los principales mensajes del informe es que la preocupación por el cambio climático continúa siendo elevada, aunque el contexto económico y social introduce ciertos matices. La mayoría de la población sigue considerando prioritario actuar frente a la crisis climática, pero crece el peso de factores como el coste de la vida, la inflación o la incertidumbre económica, que condicionan la aceptación de determinadas medidas ambientales cuando implican un esfuerzo económico adicional para los hogares.

El estudio describe una sociedad que combina consenso y desgaste. Existe un reconocimiento mayoritario de que el cambio climático es una realidad y de que resulta necesario avanzar hacia un modelo económico más sostenible. Sin embargo, también aparecen síntomas de fatiga social derivados de la sucesión de crisis recientes, que hacen que parte de la ciudadanía priorice preocupaciones inmediatas frente a los objetivos climáticos de largo plazo.

Otro de los aspectos destacados es el conocimiento sobre la transición ecológica. Aunque cada vez más personas afirman conocer el concepto, siguen existiendo diferencias importantes según la edad, el nivel educativo o la situación socioeconómica. El Observatorio señala que mejorar la información y la comunicación continúa siendo un elemento esencial para consolidar el respaldo ciudadano y evitar que se generen percepciones erróneas sobre las políticas climáticas.

El informe también analiza las emociones asociadas a la transición ecológica. Frente a la idea de que predomina únicamente el miedo o la preocupación, los resultados muestran una combinación de sentimientos en la que conviven la esperanza, el interés y la confianza con la incertidumbre o la preocupación por las consecuencias económicas. Esta diversidad emocional confirma que la transición no se percibe únicamente como un reto ambiental, sino también como un proceso con implicaciones sociales, laborales y territoriales.

España mantiene una base sólida de apoyo social para avanzar hacia una economía descarbonizada, pero advierten de que ese respaldo no puede darse por garantizado.

En materia de políticas públicas, la ciudadanía mantiene una preferencia clara por aquellas medidas que incentivan los cambios de comportamiento antes que las que imponen restricciones o incrementos fiscales. Las ayudas para mejorar la eficiencia energética de las viviendas, el impulso a las energías renovables o el apoyo a la movilidad sostenible continúan recibiendo un respaldo superior al de medidas basadas exclusivamente en impuestos o prohibiciones. Esta tendencia refuerza la importancia de diseñar políticas que combinen ambición climática con criterios de equidad social.

Uno de los grandes aportes del informe de 2026 es la incorporación del análisis sobre percepción del riesgo climático. Los resultados indican que quienes perciben con mayor intensidad los efectos del cambio climático muestran una mayor predisposición a apoyar medidas de mitigación y adaptación. Las experiencias recientes relacionadas con olas de calor, incendios, sequías o fenómenos meteorológicos extremos contribuyen a hacer más tangible una amenaza que hace apenas unos años muchos ciudadanos consideraban lejana.

El estudio también insiste en la importancia del concepto de transición justa. La aceptación social aumenta cuando la población percibe que las políticas ambientales tendrán en cuenta las diferencias económicas y territoriales, protegerán a los colectivos más vulnerables y generarán nuevas oportunidades de empleo. En este sentido, la creación de empleo verde y la mejora de la competitividad empresarial aparecen como algunos de los beneficios más valorados por la ciudadanía.

Los autores concluyen que España mantiene una base sólida de apoyo social para avanzar hacia una economía descarbonizada, pero advierten de que ese respaldo no puede darse por garantizado. La legitimidad de la transición dependerá, en buena medida, de la capacidad de las administraciones para explicar sus objetivos, repartir de forma equitativa los costes y beneficios del proceso y responder a las preocupaciones cotidianas de la población.

En conjunto, el Informe 2026 del Observatorio de Transición Justa dibuja una sociedad consciente de la gravedad del cambio climático y favorable a seguir avanzando en la transición ecológica, aunque reclama que ese camino sea compatible con el bienestar económico y la cohesión social. El estudio confirma que el éxito de la transición dependerá no solo de la tecnología o de las inversiones, sino también de la confianza ciudadana y de la percepción de que nadie quedará atrás durante este proceso de transformación.

Para saber más: Observatorio de transición justa

Ciudades esponja: una nueva manera de entender la relación entre naturaleza y urbanismo.

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Las ciudades enfrentan al desafío creciente de eventos climáticos extremos. El crecimiento urbano acelerado, la expansión del hormigón y el asfalto, junto con la reducción de zonas verdes, han transformado el ciclo hidrológico urbano. Millones de metros cúbicos de agua de lluvia, que antes infiltraban el suelo y recargaban los acuíferos, hoy se convierten en torrentes que saturan los sistemas de drenaje, provocan inundaciones, arrastran contaminantes y generan importantes pérdidas económicas y sociales.

La crisis climática está intensificando este fenómeno, carecterizado por precipitaciones menos frecuentes pero mucho más intensas. En pocas horas puede caer la lluvia equivalente a varias semanas, mientras que los períodos de sequía son cada vez más prolongados. Esta nueva realidad obliga a replantear el modelo tradicional de gestión del agua urbana. Ya no basta con construir colectores más grandes o canalizar el agua hacia el mar lo más rápido posible. Es necesario recuperar la capacidad natural de las ciudades para convivir con el agua.

En este contexto surge el concepto de Ciudades Esponja (Sponge Cities), una de las propuestas más innovadoras en materia de planificación urbana y adaptación climática. Su objetivo es transformar las ciudades para que puedan captar, infiltrar, almacenar, filtrar y reutilizar el agua de lluvia mediante soluciones basadas en la naturaleza, reduciendo al mismo tiempo el riesgo de inundaciones y mejorando la calidad ambiental de los espacios urbanos.

El modelo rompe con la lógica tradicional de la ingeniería hidráulica, basada en “deshacerse del agua” mediante redes de drenaje cada vez más complejas y costosas. Las Ciudades Esponja plantean un cambio de paradigma, la lluvia debe convertirse en un recurso que debe ser aprovechado. En lugar de impermeabilizar el territorio, se busca aumentar su capacidad de absorción mediante infraestructuras verdes y azules que imitan el funcionamiento de los ecosistemas naturales.

Este enfoque combina múltiples soluciones tales como:

  • Parques inundables que permiten almacenar temporalmente grandes volúmenes de agua durante episodios de lluvia intensa para liberarlos posteriormente de forma gradual.
  • Jardines de lluvia que capturan la escorrentía superficial y facilitan su infiltración al subsuelo.
  • Pavimentos permeables que permiten que el agua atraviese calles, plazas y aparcamientos en lugar de acumularse sobre ellos.
  • Cubiertas vegetales que reducen el volumen de escorrentía desde los edificios, mejoran el aislamiento térmico y favorecen la biodiversidad urbana.
  • Humedales artificiales, corredores ecológicos, restauración de riberas y sistemas de drenaje sostenible que integran el agua dentro del paisaje urbano.

Más allá de la necesaria gestión hídrica, estas soluciones generan beneficios ambientales, sociales y económicos de enorme valor. La vegetación reduce el efecto isla de calor, uno de los principales problemas de las ciudades durante las olas de calor. Los espacios verdes mejoran la calidad del aire, capturan carbono, favorecen la biodiversidad y ofrecen lugares de encuentro para la ciudadanía. Al mismo tiempo, la infiltración del agua contribuye a recargar acuíferos, reduce la presión sobre las redes de saneamiento y disminuye los costes asociados a las inundaciones.

China ha sido el gran laboratorio mundial de este modelo. En 2015 puso en marcha el programa nacional de Ciudades Esponja con el objetivo de que el 80 % de las áreas urbanas pudieran absorber y reutilizar al menos el 70 % del agua de lluvia. Más de treinta ciudades piloto, entre ellas Wuhan, Shenzhen o Xiamen, comenzaron a incorporar parques inundables, lagunas urbanas, pavimentos permeables y corredores ecológicos como parte de su planificación urbana. Aunque los resultados han sido desiguales y todavía existen importantes retos técnicos, la experiencia ha demostrado que integrar la naturaleza en la ciudad resulta mucho más eficaz y sostenible que confiar exclusivamente en infraestructuras grises.

Europa avanza en esta dirección. Róterdam ha desarrollado plazas públicas que funcionan como espacios de ocio durante la mayor parte del año y se transforman en depósitos temporales cuando llueve intensamente. Copenhague, tras sufrir graves inundaciones en 2011, rediseñó buena parte de su espacio público para conducir el agua hacia parques y canales verdes. En los Países Bajos, donde convivir con el agua forma parte de su historia, el concepto de “dar espacio al río” se ha convertido en un referente internacional de adaptación climática.

En América Latina, ciudades como Medellín, Curitiba o Ciudad de México están incorporando progresivamente soluciones basadas en la naturaleza para mejorar la gestión del agua urbana, recuperar ríos, aumentar las superficies permeables y generar corredores verdes que conectan barrios y espacios naturales.

Sin embargo, convertir una ciudad en una auténtica Ciudad Esponja no consiste únicamente en construir más parques o plantar árboles. Requiere una planificación integrada que combine urbanismo, ingeniería, ecología y participación ciudadana. Es necesario revisar las normativas urbanísticas, incorporar criterios de permeabilidad en los nuevos desarrollos, recuperar espacios fluviales, proteger los suelos naturales y diseñar infraestructuras que trabajen con la naturaleza en lugar de intentar sustituirla.

También supone un cambio cultural. Durante décadas, las ciudades han considerado el agua de lluvia como un residuo que debía evacuarse rápidamente. Hoy sabemos que esa visión resulta cada vez más insostenible. El agua es un recurso estratégico cuya gestión determina la seguridad, la salud y la resiliencia de las ciudades.

El desafío es especialmente relevante en los países mediterráneos, donde la alternancia entre largos períodos de sequía y lluvias torrenciales será cada vez más frecuente como consecuencia del cambio climático. En este contexto, almacenar parte del agua de lluvia durante los episodios intensos puede contribuir posteriormente al riego de zonas verdes, la recarga de acuíferos o incluso determinados usos urbanos, reduciendo la presión sobre los recursos convencionales.

Las Ciudades Esponja representan, en definitiva, una nueva manera de entender la relación entre naturaleza y urbanismo. No pretenden eliminar el riesgo de inundación, sino gestionar el agua de forma inteligente, aprovechando los procesos naturales para aumentar la resiliencia de las ciudades. Frente a un modelo urbano basado en el hormigón y la impermeabilización, proponen otro donde la infraestructura verde y azul desempeña un papel tan importante como las calles, los edificios o las redes de transporte.

En un siglo marcado por el cambio climático, la escasez de agua y la creciente urbanización, las ciudades que mejor se adapten no serán necesariamente las que construyan más infraestructuras, sino aquellas capaces de recuperar los servicios que durante siglos prestó la naturaleza.

La dependencia europea del cobre. El oro rojo: una cuestión estratégica.

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Durante décadas el oro ha sido el gran protagonista entre las materias primas como valor refugio. Sin embargo, el nuevo escenario económico y tecnológico hace que el cobre centre de todas las miradas. La creciente demanda derivada de la transición energética, la electrificación del transporte, el desarrollo de centros de datos y el auge de la inteligencia artificial ha convertido al cobre en uno de los recursos más codiciados del planeta.

El cobre vive un momento histórico. Su precio ha alcanzado niveles récord y las previsiones apuntan a que continuará al alza debido a un problema estructural: la demanda crece mucho más rápido que la capacidad de producción. A diferencia del oro, cuya cotización suele responder a la incertidumbre financiera, el cobre se ha transformado en un activo esencial para el desarrollo industrial y tecnológico de las próximas décadas y es un metal imprescindible para la transición energética.

El cobre posee una de las mayores conductividades eléctricas entre los metales, solo superada por la plata. Esta característica lo convierte en un componente indispensable para prácticamente todas las tecnologías vinculadas a la descarbonización. Un vehículo eléctrico necesita entre dos y cuatro veces más cobre que uno con motor de combustión. Además, parques eólicos, instalaciones solares, baterías, redes eléctricas inteligentes y sistemas de almacenamiento energético dependen en gran medida de este material.

A ello se suma la voracidad de la inteligencia artificial. La construcción de grandes centros de datos requiere kilómetros de cableado, sistemas eléctricos de alta capacidad y equipos de refrigeración que incrementan notablemente el consumo de cobre. Todo ello explica que organismos y grandes compañías mineras estimen que la demanda mundial podría duplicarse antes de 2050.

El desafío de la oferta y la dependencia europea

El gran desafío para garatizar la disponibilidad de cobre está, además de inversiones multimillonarias, los exigentes procesos administrativos y los crecientes requisitos medioambientales, se suma el progresivo agotamiento de los yacimientos de mayor calidad.

La concentración de cobre en el mineral extraído es cada vez menor, lo que obliga a mover más toneladas de roca para obtener la misma cantidad de metal, incrementando tanto los costes como el consumo energético y supone igualmente un desafío medioambiental. Según las previsiones de la Agencia Internacional de la Energía, si no se desarrollan nuevos proyectos con suficiente rapidez, el mercado podría enfrentarse a un déficit cercano al 30 % hacia 2035, una situación que mantendría una fuerte presión sobre los precios durante años.

La dependencia europea del cobre se ha convertido en una cuestión estratégica. El continente importa alrededor del 40 % del metal que consume y compite directamente con economías como China, que continúa reforzando su control sobre numerosas cadenas de suministro de materias primas.

Por este motivo, la Unión Europea ha incorporado recientemente el cobre a su lista de materias primas fundamentales. La nueva Ley de Materias Primas Críticas pretende impulsar la minería europea, aumentar la capacidad de transformación industrial y fomentar el reciclaje como vía para reducir la dependencia exterior. No obstante, el sector considera que todavía existen importantes obstáculos, como la lentitud en la concesión de permisos, la elevada factura energética y la falta de mecanismos de financiación suficientes para acelerar nuevas inversiones.

La evolución del cobre refleja un cambio profundo en la economía mundial. Si durante décadas el petróleo fue el recurso que impulsó el crecimiento industrial, ahora son los minerales estratégicos los que marcan el rumbo de la nueva revolución tecnológica.

La electrificación, la digitalización y la inteligencia artificial seguirán incrementando la necesidad de este metal durante las próximas décadas. Mientras tanto, la dificultad para ampliar la producción mantiene un escenario de escasez que favorece precios elevados y convierte al cobre en uno de los activos más vigilados por inversores, gobiernos e industrias.

Todo indica que el denominado “oro rojo” ya no es simplemente una materia prima industrial. Se ha convertido en un recurso estratégico cuyo suministro será determinante para el desarrollo económico y tecnológico del siglo XXI.