viernes, septiembre 4, 2026
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La diplomacia del agua, desafío geopolítico del siglo XXI.

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Durante décadas, la seguridad internacional ha estado definida por los riesgos de conflicto militar, el acceso a la energía, las materias primas o las rutas comerciales. Hoy, el agua emerge como un nuevo recurso emerge como un factor estratégico con capacidad para alterar el equilibrio económico, político y social. Lo que hasta hace pocos años era considerado un asunto ambiental se convirte en una cuestión de seguridad nacional, competitividad económica y estabilidad internacional.

Un reciente informe aprobado por el Parlamento Europeo reclama que la gobernanza transnacional del agua sea considerada una prioridad estratégica de la política exterior y de seguridad de la Unión. El documento alerta de que el cambio climático, el crecimiento demográfico y la presión sobre los recursos hídricos pueden convertir el agua en un factor de conflicto y reclama reforzar la inversión, la cooperación público-privada y los mecanismos internacionales de gobernanza.

No es una preocupación teórica. La guerra de Ucrania ha demostrado que las infraestructuras hidráulicas pueden convertirse en objetivos militares, mientras que en Oriente Próximo el acceso al agua forma parte desde hace décadas de las tensiones geopolíticas. Al mismo tiempo, las grandes cuencas fluviales compartidas —desde el Nilo hasta el Mekong, pasando por el Tigris, el Éufrates o el Indo— son escenarios donde la competencia por el recurso puede intensificarse a medida que disminuye su disponibilidad.

Sin embargo, el conflicto por el agua no siempre adopta la forma de una guerra. En muchas ocasiones se manifiesta mediante tensiones económicas, sociales y territoriales. Las sequías prolongadas enfrentan los intereses del abastecimiento urbano, la agricultura, la industria, la producción energética y la conservación de los ecosistemas. Las restricciones generan conflictos entre regiones, entre sectores productivos e incluso entre generaciones.

Europa tampoco está al margen de esta realidad emergente. Las sucesivas sequías han afectado a la navegación en el Rin y el Danubio, alterando cadenas logísticas y comerciales fundamentales para la economía europea. Al mismo tiempo, algunos proyectos de nuevas infraestructuras hidráulicas en países alpinos generan preocupación aguas abajo por su posible impacto sobre los caudales y los sedimentos. La gestión del agua ya no puede entenderse únicamente desde una perspectiva nacional; exige mecanismos permanentes de cooperación entre territorios y Estados.

El agua se ha convertido en un recurso estratégico para el desarrollo económico y la cohesión territorial. Países como España conoce bien esta complejidad y las tensiones en torno a los trasvases, la sobreexplotación de acuíferos, la presión sobre determinados ecosistemas.

el reto del siglo XXI no consiste únicamente en disponer de más agua, sino en desarrollar una gobernanza mucho más sofisticada.

Durante décadas, la gestión hídrica ha descansado casi exclusivamente sobre las administraciones públicas. Sin embargo, el nuevo escenario climático exige inversiones muy superiores a las capacidades públicas. Modernizar redes de abastecimiento, reducir pérdidas, restaurar cuencas hidrográficas, recuperar humedales, mejorar la eficiencia del regadío, construir infraestructuras verdes, reutilizar aguas regeneradas o digitalizar los sistemas de gestión requerirá movilizar miles de millones de euros durante las próximas décadas.

Ninguna administración podrá afrontar este desafío en solitario. Por ello, la nueva gobernanza del agua deberá construirse sobre modelos de colaboración público-privada mucho más sofisticada que los conocidos hasta ahora. No se trata de privatizar un bien público ni de reducir el papel del Estado. Al contrario. La responsabilidad pública seguirá siendo irrenunciable en la planificación, la regulación, la garantía del derecho humano al agua y la protección de los ecosistemas.

Lo que cambia es la manera de generar valor. Las administraciones deberán ejercer un liderazgo estratégico capaz de movilizar a empresas, centros de investigación, operadores tecnológicos, propietarios forestales, comunidades de regantes, entidades sociales y ciudadanía en torno a objetivos compartidos de resiliencia hídrica.

El agua exige una gobernanza policéntrica, donde múltiples actores cooperen desde responsabilidades diferenciadas. En este contexto, las empresas dejan de ser únicamente usuarias del recurso para convertirse en corresponsables de su conservación. Sectores como el agroalimentario, la industria, la energía, el turismo o las empresas de agua pueden desempeñar un papel decisivo financiando proyectos de restauración de cuencas, impulsando soluciones basadas en la naturaleza, mejorando la eficiencia de los procesos productivos o promoviendo la economía circular del agua.

En ese terreno, la innovación con la digitalización mediante sensores, la inteligencia artificial, los gemelos digitales o los sistemas predictivos permitirá optimizar el uso del recurso casi en tiempo real. Del mismo modo, las soluciones basadas en la naturaleza —ciudades esponja, restauración de humedales, gestión forestal adaptativa o recuperación de corredores fluviales— serán tan importantes como las grandes infraestructuras hidráulicas tradicionales.

Una nueva diplomacia del agua.

Como tantas otras cosas en materia de gobernanza, nuestro sistema de gestión basados en los modelos del s.XX han quedado obsoletos. La diplomacia ya no es patrimonio de los gobiernos de los Estados, y la capacidad para construir confianza entre actores ya no se sustenta únicamente sobre la capacidad técnica en gestión del agua, sino que requiere del concurso de nuevos actores como administraciones locales, empresas, comunidades científicas y grupos de la sociedad civil.

En este sentido, la nueva gobernanza del agua comparte muchos elementos con la diplomacia corporativa que venimos aplicando en otros ámbitos y organizaciones. Escuchar a los grupos de interés, anticipar conflictos, construir consensos, generar confianza y desarrollar alianzas estables deja de ser una cuestión de reputación para convertirse en un requisito de seguridad y resiliencia.

Como he defendido en distintos publicaciones y ponencias sobre la economía de la reputación, el liderazgo del siglo XXI ya no se medirá únicamente por la capacidad de controlar recursos, sino por la capacidad de articular ecosistemas de colaboración. La gestión del agua radiografía bien esta nueva lógica. Ningún actor, ni público, ni privado o social posee por sí solo las competencias, el conocimiento o los recursos necesarios para gestionar un bien tan complejo y estratégico. Necesitanos una nueva arquitectura de gobernanza del agua.

La Unión Europea ha comenzado a comprender que la seguridad hídrica forma parte de la seguridad económica, climática y geopolítica del continente. Su Estrategia Europea de Resiliencia Hídrica sitúa el agua como un recurso esencial para la competitividad, la innovación y la preparación frente a futuras crisis. La cuestión es si seremos capaces de construir instituciones, alianzas y modelos de gobernanza inteligentes para evitar que la escasez derive en tensiones conflicto y convertirla en una oportunidad para innovar, cooperar y fortalecer la resiliencia de nuestras sociedades.

En definitiva, como explicaba en mi libro La República Verde, neecsitamos reconstruir la idea de progreso con la sostenibilidad en el centro. En ese contexto, la seguridad hídrica es un ejemplo de que ya no dependemos únicamente de la cantidad de agua disponible, sino de la calidad de la gobernanza que seamos capaces de construir alrededor de ella.

Pau Solanilla es fundador y editor de Sostenibles.Org. Socio de sector público en Harmon.

Diversidad e inclusión en las empresas: un buen negocio.

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Durante años, la diversidad en las empresas se interpretó como una cuestión de responsabilidad social o de cumplimiento normativo. Hoy, la evidencia acumulada durante la última década muestra que la diversidad y la inclusión no solo contribuyen a construir organizaciones más justas, sino que también están asociadas con mejores resultados económicos, una mayor capacidad de innovación y una mayor resiliencia frente a un entorno cada vez más incierto.

Los datos son claros, las organizaciones que incorporan personas con diferentes experiencias, edades, géneros, culturas, capacidades o formas de pensar amplían su capacidad para comprender mercados diversos, tomar mejores decisiones y adaptarse con mayor rapidez a los cambios, esto es, son más resilientes.

Uno de los estudios más citados sobre esta cuestión es la serie Diversity Matters de McKinsey & Company. Su edición más reciente, publicada en 2023 bajo el título Diversity Matters Even More, concluye que las empresas situadas en el cuartil superior en diversidad de género en sus equipos directivos tienen un 39 % más de probabilidades de obtener una rentabilidad superior a la media de su sector.

Ese mismo porcentaje se observa en compañías con mayor diversidad étnica en la alta dirección. Además, las organizaciones con baja diversidad tienen una probabilidad significativamente mayor de registrar un rendimiento financiero inferior al de sus competidores. Conviene matizar que el propio estudio habla de una correlación, no de una relación causal demostrada, aunque la consistencia de los resultados a lo largo de casi diez años refuerza la solidez de esta asociación.

¿Por qué ocurre esto? La respuesta parece estar en la calidad de las decisiones. Equipos homogéneos tienden a confirmar sus propias ideas y a reproducir sesgos inconscientes. Por el contrario, los equipos diversos incorporan perspectivas diferentes, cuestionan las decisiones con mayor profundidad y analizan un abanico más amplio de riesgos y oportunidades.

Este fenómeno es especialmente relevante en un contexto económico marcado por la transformación digital, la transición ecológica y la aceleración tecnológica. La innovación ya no depende únicamente de la inversión en I+D, sino de la capacidad de combinar conocimientos, experiencias y miradas diferentes para resolver problemas complejos.

Diversos análisis que hemos ido publicando en Sostenibles.org han insistido precisamente en esta idea: la sostenibilidad empresarial no puede entenderse únicamente desde la dimensión ambiental. La sostenibilidad, comienza por las personas. El capital humano, la diversidad y la inclusión forman parte del componente social de los criterios ESG y se han convertido en factores estratégicos para atraer talento, fortalecer la reputación corporativa y mejorar la capacidad de adaptación de las organizaciones.

La diversidad también influye en la capacidad para atraer y fidelizar profesionales. Las nuevas generaciones valoran cada vez más trabajar en empresas donde puedan desarrollarse en igualdad de oportunidades y donde las diferencias sean consideradas una fortaleza. En un mercado laboral caracterizado por la escasez de talento cualificado, disponer de culturas inclusivas constituye una ventaja competitiva difícil de imitar.

No obstante, sería un error pensar que basta con aumentar los indicadores de representación. La evidencia demuestra que la diversidad solo genera valor cuando va acompañada de una auténtica cultura de inclusión. McKinsey subraya que muchas empresas han mejorado sus cifras de diversidad sin conseguir todavía que todas las personas participen en igualdad de condiciones en la toma de decisiones. La inclusión es el elemento que transforma la diversidad en resultados empresariales.

Al mismo tiempo, es importante abordar este debate con rigor. Algunos trabajos académicos recientes han cuestionado que exista una relación causal directa entre diversidad y rentabilidad, señalando limitaciones metodológicas en algunos estudios muy conocidos. Estos autores recuerdan que empresas más rentables también pueden disponer de mayores recursos para desarrollar políticas de diversidad, por lo que parte de la relación observada podría funcionar en sentido inverso.

Lejos de invalidar el argumento, este debate invita a reflexionar. La diversidad, por sí sola, no garantiza mejores resultados económicos, debe formar parte de una estrategia de liderazgo inclusivo, de una buena gobernanza y de una cultura orientada a la innovación. Ese patrón es el que aparece de manera recurrente asociada a organizaciones más competitivas y resilientes.

En este sentido, la diversidad debe entenderse como una inversión estratégica. Igual que las empresas invierten en tecnología, formación o transformación digital para mejorar su competitividad, invertir en atraer, desarrollar y retener talento diverso amplía su capacidad para generar valor a largo plazo.

La sostenibilidad empresarial del siglo XXI exige organizaciones capaces de responder a desafíos complejos como el cambio climático, la transformación tecnológica, el envejecimiento demográfico o las nuevas expectativas sociales. Ninguno de estos retos puede afrontarse desde la uniformidad sino desde la diversidad.

Las empresas que mejor se adaptarán al futuro no serán necesariamente las más grandes ni las que dispongan de más recursos, sino aquellas capaces de aprovechar toda la inteligencia disponible. El mejor talento no depende del género, la edad o el origen, sino de las capacidades de las personas que forman parte de ellas.

Porque la diversidad ya no es únicamente un compromiso con la igualdad. Es una decisión inteligente de negocio y un factor que contribuye a construir empresas más innovadoras, más competitivias, más sostenibles y mejor preparadas para competir en un mundo cada vez más complejo.

Proteger a los niños en redes sociales, desinformación y transición energética: principles inquietudes de los europeos.

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UE
Sostenibles

Una nueva encuesta del Eurobarómetro muestra que los europeos están preocupados por todos los riesgos a los que se enfrentan los niños en las redes sociales. En el contexto de la creciente dependencia de las redes sociales, los ciudadanos ven la necesidad de una mejor protección y una acción más dura para luchar contra la desinformación, piden una mayor participación democrática, capacidades de defensa y transición hacia una energía limpia.  

Una gran mayoría de europeos quiere que la UE haga más para proteger a los niños de los riesgos en línea. Los europeos están abrumadoramente preocupados por todos los riesgos a los que se enfrentan los niños en las redes sociales. El ciberacoso y el acoso encabezan la lista de preocupaciones (71 % de encuestados), seguidos de cerca por los temores a la captación en línea y la explotación sexual (70 %), la exposición a contenidos nocivos como la violencia, la autolesión o el extremismo (69 %) y el uso indebido de los datos personales de los niños (69 %). Las mayorías significativas también señalan el riesgo de que los niños sean reclutados para actividades ilegales (64%) y expuestos al diseño adictivo de plataformas (60%).

Una gran mayoría de europeos quiere que la UE haga más para proteger a los niños de los riesgos en interner. Casi dos de cada tres europeos (63 %) quieren que las normas de la UE restrinjan el acceso de los niños a las redes sociales por edad, ya sea mediante una prohibición absoluta por debajo de un determinado umbral (36 %) o un acceso retrasado (27 %). El 15 % está a favor de reforzar los recursos policiales, mientras que el 13 % prefiere dejar la supervisión a los padres y las escuelas sin más intervención de la UE.

Dos tercios de los europeos (66 %) utilizan las redes sociales todos los días para obtener información sobre asuntos de actualidad o política.

En este contexto, los europeos señalan como principales prioridades abordar la información falsa o engañosa sanciones más estrictas para los contenidos ilegales en línea (44 %) y normas más estrictas para las plataformas (40 %), seguidas de un etiquetado claro de los contenidos generados o manipulados por IA (38 %), un umbral mínimo de edad para el acceso a las redes sociales (37 %) y una mayor inversión en alfabetización mediática y verificación independiente de datos (29 %).

La libertad de expresión, las elecciones justas y el Estado de Derecho

Los europeos también se sienten apegados a los elementos clave de la democracia. La libertad de expresión (34%), las elecciones libres y justas (32%) y el respeto del Estado de Derecho y los derechos fundamentales (31%) encabezan la lista de los europeos de los elementos más importantes de una sociedad democrática, según los hallazgos de la nueva encuesta.

La lucha contra la corrupción (28%), la transparencia y la rendición de cuentas de los líderes políticos junto con un sistema de justicia independiente (26%) y la participación ciudadana en el debate público y la toma de decisiones (22%) también se citan como pilares clave. Más allá del voto, los europeos ven las formas de participación más directa como una forma eficaz de influir en la toma de decisiones de la UE (46 %), seguida de la participación en movimientos políticos, partidos o sindicatos (42 %).

Una gran mayoría de europeos (68 %) está de acuerdo en que la UE debe reforzar su capacidad para defenderse de forma autónoma frente a posibles amenazas externas.  El 56 % (+4 puntos porcentuales desde enero de 2026) afirma que confía en que la UE refuerce la seguridad y la defensa y proteja mejor a sus ciudadanos.

Las energías renovables y la eficiencia energética fundamentales

La encuesta también reveló que más de la mitad de los encuestados (56 %) cree que el desarrollo de una mayor capacidad de energía renovable puede ayudar a la UE a abandonar los combustibles fósiles, mientras que dos de cada cinco encuestados señalan medidas de eficiencia energética. El 32% también ve la energía nuclear como una solución potencial.

En cuanto a las medidas concretas adoptadas por los ciudadanos tras el aumento de los precios de la energía, casi uno de cada tres encuestados (31 %) ha reducido su consumo total de electricidad, mientras que más de uno de cada cuatro (27 %) ha comenzado a supervisar más de cerca su consumo de energía o ha reducido su consumo de calefacción o refrigeración (26 %).

La lista de medidas se completa ajustando el consumo de energía a diferentes momentos del día para beneficiarse de precios más bajos (20 %), invirtiendo en aparatos más eficientes desde el punto de vista energético (16 %), comparando o cambiando el proveedor o contrato de energía (14 %) e instalando o considerando la instalación de soluciones de energía renovable (14 %).

El Eurobarómetro Flash 584 sobre retos y prioridades de la UE (junio de 2026) se llevó a cabo en línea del 19 al 24 de junio de 2026. En total, se entrevistó a 25 904 ciudadanos de la UE en los 27 Estados miembros.

Para saber más:

Eurobarómetro Flash n.o 584

El cambio climático mata: una cuestión de seguridad nacional, de resiliencia territorial y de seguridad humana.

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Durante décadas hemos hablado del cambio climático o de la crisis climática como un problema ambiental. Más tarde lo empezamos a percibir como un problema económico e igualmente de salud pública. Pero los acontecimientos que estamos viviendo en los últimos años nos obligan a dar un paso más. El cambio climático ya no puede entenderse únicamente como una cuestión ecológica o económica. Es, ante todo, un problema de seguridad humana y como toda amenaza para la seguridad exige prioridad y acción.

La DANA que arrasó Valencia hace menos de dos años dejó 238 fallecidos y las sucesivas olas de calor como las que estamos viviendo en Europa provocan miles de muertes prematuras. La multiplicación de incendios como el devastador incendio de Los Gallardos en Almería, deja un dramático balance de víctimas mortales, desaparecidos, centenares de personas evacuadas y millones en pérdidas económicas.

Todo ello forma parte de una misma realidad y tiene un hilo conductor, la crisis climática. Los fenómenos climáticos extremos ya no son excepcionales, sino la nueva normalidad para la vida de las personas, las empresas y la gestión pública. Un cambio de paradigma en que lo que antes era excepcional hoy cualquier incidente climático puede convertirse en una catástrofe.

La ciencia lleva años advirtiéndolo, y no hay más ciego que el que no quiere ver, y en eso tienen especial responsabilidad los negacionistas y retardistas climáticos incrustados en en algunas instituciones, empresas o medios de comunicación. Seguimos utilizando un lenguaje político, económico y social que no es apropiado para los tiempos actuales. Hablamos de pérdidas económicas, de daños medioambientales o de costes sanitarios, cuando en realidad deberíamos hablar del grave riesgo para nuestra forma de vida y para la seguridad personal y colectiva. Si la seguridad y la defensa han pasado a primera línea de la actualizad y prioridad, la crisis climática debería estar como mínimo al mismo nivel.

El economisa David Lizoain lo expresa con una enorme contundencia en su libro Crimen climático. El propio subtítulo del libro es revelador: “Cómo el calentamiento global está provocando un genocidio”. Su tesis resulta incómoda precisamente porque obliga a abandonar nuestra zona de confort político y económico de considerar el cambio climático como un simple fallo del mercado o una externalidad ambiental. Lo que está en juego, sostiene Lizoain, es decidir quién vive, quién muere y quién soporta los mayores riesgos de una crisis provocada por un modelo económico basado en la dependencia de los combustibles fósiles y el crecimiento ilimitado.

Y Lizoain tiene razón al afirmar que toda política es ya política climática, porque toda política determina la voluntad política y el grado de protección de la vida o de los ecosistemas frente a una amenaza que conocemos y que está detalladamente estudiada. Eso es en buena parte lo que desarrollé hace dos años en mi libro La República Verde. La sostenibilidad ya no puede entenderse únicamente como una política sectorial, sino como el nuevo contrato social sobre el que deben construirse las democracias y la nueva noción de progreso del siglo XXI.

El reto es hacerse cargo de cómo la crisis climática y el aumento de las desigualdades obligan a repensar las instituciones, la gobernanza y las prioridades públicas para garantizar el progreso colectivo. La sostenibilidad se reconfigura como la condición que hace posible la estabilidad democrática y el bienestar de nuestras sociedades.

Proteger el clima significa proteger a la sociedad, nuestro presente y nuestro futuro. No actuar de forma decidida frente a la crisis climática representa un fracaso de nuestra capacidad colectiva para proteger a la ciudadanía. La respuesta no puede limitarse a reconstruir después del desastre. Adaptarse significa rediseñar el territorio y nuestras ciudades, proteger las infraestructuras críticas, mejorar los sistemas de alerta, recuperar espacios naturales que amortigüen inundaciones, gestionar los bosques para reducir el riesgo de incendios y preparar a la población para responder ante emergencias cada vez más frecuentes.

Todo ello es una responsabilidad colectiva que requiere un cambio cultural,  político y económico para dibujar una nueva gobernanza mucho más sofisticada y eficaz. Durante demasiado tiempo hemos debatido cuánto cuesta actuar contra el cambio climático, cuando la cuestión central es cuánto cuesta no hacerlo. La factura ya no la podemos medir únicamente en millones de euros destinados a reconstruir carreteras, viviendas o infraestructuras. Se trata ya de vidas perdidas, familias desplazadas, comunidades traumatizadas y territorios cada vez más vulnerables.

Hablar de crisis climática no es hablar de sostenibilidad, es hablar de seguridad nacional, de resiliencia territorial y de seguridad humana. Por eso resulta urgente cambiar el relato y las políticas. El cambio climático mata, y cuando una amenaza pone en riesgo la vida de miles de personas, deja de ser una política ambiental para convertirse en una prioridad de Estado o de la UE.

La transición ecológica no consiste únicamente en instalar más energías renovables o reducir emisiones. El progreso consiste, sobre todo, en garantizar que las generaciones presentes y futuras puedan vivir con seguridad en territorios y ciudades cada vez más expuestos a fenómenos extremos. Ese es el reto de la neuva República Verde, movilizarnos para reconfigurar la actividad política. económica y social que permita reconstruir la idea de progreso para proteger la vida. El cambio climático ya no es el principal problema del futuro, es ya el principal desafío para la seguridad humana del presente y hacer de ello una prioridad es acto de responsabilidad individual y colectivo.

Percepción social de la transición ecológica en España.

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La transición ecológica sigue contando con un importante apoyo pero afronta nuevos desafíos relacionados con el contexto económico y la percepción de sus impactos sociales. Así lo refleja el Informe 2026 sobre la percepción social de la transición ecológica en España, elaborado por el Observatorio de Transición Justa. Una radiografía de cómo evolucionan las opiniones, preocupaciones y expectativas de la población ante la transformación económica y social de las próximas décadas.

El estudio, basado en una encuesta representativa realizada a 3.280 personas entre enero y febrero de 2026, constituye la cuarta edición de esta investigación longitudinal. Su principal novedad es la incorporación de un módulo específico sobre la percepción del riesgo climático y la adaptación, dos aspectos que permiten comprender mejor qué impulsa o frena la implicación ciudadana frente al cambio climático.

Uno de los principales mensajes del informe es que la preocupación por el cambio climático continúa siendo elevada, aunque el contexto económico y social introduce ciertos matices. La mayoría de la población sigue considerando prioritario actuar frente a la crisis climática, pero crece el peso de factores como el coste de la vida, la inflación o la incertidumbre económica, que condicionan la aceptación de determinadas medidas ambientales cuando implican un esfuerzo económico adicional para los hogares.

El estudio describe una sociedad que combina consenso y desgaste. Existe un reconocimiento mayoritario de que el cambio climático es una realidad y de que resulta necesario avanzar hacia un modelo económico más sostenible. Sin embargo, también aparecen síntomas de fatiga social derivados de la sucesión de crisis recientes, que hacen que parte de la ciudadanía priorice preocupaciones inmediatas frente a los objetivos climáticos de largo plazo.

Otro de los aspectos destacados es el conocimiento sobre la transición ecológica. Aunque cada vez más personas afirman conocer el concepto, siguen existiendo diferencias importantes según la edad, el nivel educativo o la situación socioeconómica. El Observatorio señala que mejorar la información y la comunicación continúa siendo un elemento esencial para consolidar el respaldo ciudadano y evitar que se generen percepciones erróneas sobre las políticas climáticas.

El informe también analiza las emociones asociadas a la transición ecológica. Frente a la idea de que predomina únicamente el miedo o la preocupación, los resultados muestran una combinación de sentimientos en la que conviven la esperanza, el interés y la confianza con la incertidumbre o la preocupación por las consecuencias económicas. Esta diversidad emocional confirma que la transición no se percibe únicamente como un reto ambiental, sino también como un proceso con implicaciones sociales, laborales y territoriales.

España mantiene una base sólida de apoyo social para avanzar hacia una economía descarbonizada, pero advierten de que ese respaldo no puede darse por garantizado.

En materia de políticas públicas, la ciudadanía mantiene una preferencia clara por aquellas medidas que incentivan los cambios de comportamiento antes que las que imponen restricciones o incrementos fiscales. Las ayudas para mejorar la eficiencia energética de las viviendas, el impulso a las energías renovables o el apoyo a la movilidad sostenible continúan recibiendo un respaldo superior al de medidas basadas exclusivamente en impuestos o prohibiciones. Esta tendencia refuerza la importancia de diseñar políticas que combinen ambición climática con criterios de equidad social.

Uno de los grandes aportes del informe de 2026 es la incorporación del análisis sobre percepción del riesgo climático. Los resultados indican que quienes perciben con mayor intensidad los efectos del cambio climático muestran una mayor predisposición a apoyar medidas de mitigación y adaptación. Las experiencias recientes relacionadas con olas de calor, incendios, sequías o fenómenos meteorológicos extremos contribuyen a hacer más tangible una amenaza que hace apenas unos años muchos ciudadanos consideraban lejana.

El estudio también insiste en la importancia del concepto de transición justa. La aceptación social aumenta cuando la población percibe que las políticas ambientales tendrán en cuenta las diferencias económicas y territoriales, protegerán a los colectivos más vulnerables y generarán nuevas oportunidades de empleo. En este sentido, la creación de empleo verde y la mejora de la competitividad empresarial aparecen como algunos de los beneficios más valorados por la ciudadanía.

Los autores concluyen que España mantiene una base sólida de apoyo social para avanzar hacia una economía descarbonizada, pero advierten de que ese respaldo no puede darse por garantizado. La legitimidad de la transición dependerá, en buena medida, de la capacidad de las administraciones para explicar sus objetivos, repartir de forma equitativa los costes y beneficios del proceso y responder a las preocupaciones cotidianas de la población.

En conjunto, el Informe 2026 del Observatorio de Transición Justa dibuja una sociedad consciente de la gravedad del cambio climático y favorable a seguir avanzando en la transición ecológica, aunque reclama que ese camino sea compatible con el bienestar económico y la cohesión social. El estudio confirma que el éxito de la transición dependerá no solo de la tecnología o de las inversiones, sino también de la confianza ciudadana y de la percepción de que nadie quedará atrás durante este proceso de transformación.

Para saber más: Observatorio de transición justa

Ciudades esponja: una nueva manera de entender la relación entre naturaleza y urbanismo.

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Las ciudades enfrentan al desafío creciente de eventos climáticos extremos. El crecimiento urbano acelerado, la expansión del hormigón y el asfalto, junto con la reducción de zonas verdes, han transformado el ciclo hidrológico urbano. Millones de metros cúbicos de agua de lluvia, que antes infiltraban el suelo y recargaban los acuíferos, hoy se convierten en torrentes que saturan los sistemas de drenaje, provocan inundaciones, arrastran contaminantes y generan importantes pérdidas económicas y sociales.

La crisis climática está intensificando este fenómeno, carecterizado por precipitaciones menos frecuentes pero mucho más intensas. En pocas horas puede caer la lluvia equivalente a varias semanas, mientras que los períodos de sequía son cada vez más prolongados. Esta nueva realidad obliga a replantear el modelo tradicional de gestión del agua urbana. Ya no basta con construir colectores más grandes o canalizar el agua hacia el mar lo más rápido posible. Es necesario recuperar la capacidad natural de las ciudades para convivir con el agua.

En este contexto surge el concepto de Ciudades Esponja (Sponge Cities), una de las propuestas más innovadoras en materia de planificación urbana y adaptación climática. Su objetivo es transformar las ciudades para que puedan captar, infiltrar, almacenar, filtrar y reutilizar el agua de lluvia mediante soluciones basadas en la naturaleza, reduciendo al mismo tiempo el riesgo de inundaciones y mejorando la calidad ambiental de los espacios urbanos.

El modelo rompe con la lógica tradicional de la ingeniería hidráulica, basada en “deshacerse del agua” mediante redes de drenaje cada vez más complejas y costosas. Las Ciudades Esponja plantean un cambio de paradigma, la lluvia debe convertirse en un recurso que debe ser aprovechado. En lugar de impermeabilizar el territorio, se busca aumentar su capacidad de absorción mediante infraestructuras verdes y azules que imitan el funcionamiento de los ecosistemas naturales.

Este enfoque combina múltiples soluciones tales como:

  • Parques inundables que permiten almacenar temporalmente grandes volúmenes de agua durante episodios de lluvia intensa para liberarlos posteriormente de forma gradual.
  • Jardines de lluvia que capturan la escorrentía superficial y facilitan su infiltración al subsuelo.
  • Pavimentos permeables que permiten que el agua atraviese calles, plazas y aparcamientos en lugar de acumularse sobre ellos.
  • Cubiertas vegetales que reducen el volumen de escorrentía desde los edificios, mejoran el aislamiento térmico y favorecen la biodiversidad urbana.
  • Humedales artificiales, corredores ecológicos, restauración de riberas y sistemas de drenaje sostenible que integran el agua dentro del paisaje urbano.

Más allá de la necesaria gestión hídrica, estas soluciones generan beneficios ambientales, sociales y económicos de enorme valor. La vegetación reduce el efecto isla de calor, uno de los principales problemas de las ciudades durante las olas de calor. Los espacios verdes mejoran la calidad del aire, capturan carbono, favorecen la biodiversidad y ofrecen lugares de encuentro para la ciudadanía. Al mismo tiempo, la infiltración del agua contribuye a recargar acuíferos, reduce la presión sobre las redes de saneamiento y disminuye los costes asociados a las inundaciones.

China ha sido el gran laboratorio mundial de este modelo. En 2015 puso en marcha el programa nacional de Ciudades Esponja con el objetivo de que el 80 % de las áreas urbanas pudieran absorber y reutilizar al menos el 70 % del agua de lluvia. Más de treinta ciudades piloto, entre ellas Wuhan, Shenzhen o Xiamen, comenzaron a incorporar parques inundables, lagunas urbanas, pavimentos permeables y corredores ecológicos como parte de su planificación urbana. Aunque los resultados han sido desiguales y todavía existen importantes retos técnicos, la experiencia ha demostrado que integrar la naturaleza en la ciudad resulta mucho más eficaz y sostenible que confiar exclusivamente en infraestructuras grises.

Europa avanza en esta dirección. Róterdam ha desarrollado plazas públicas que funcionan como espacios de ocio durante la mayor parte del año y se transforman en depósitos temporales cuando llueve intensamente. Copenhague, tras sufrir graves inundaciones en 2011, rediseñó buena parte de su espacio público para conducir el agua hacia parques y canales verdes. En los Países Bajos, donde convivir con el agua forma parte de su historia, el concepto de “dar espacio al río” se ha convertido en un referente internacional de adaptación climática.

En América Latina, ciudades como Medellín, Curitiba o Ciudad de México están incorporando progresivamente soluciones basadas en la naturaleza para mejorar la gestión del agua urbana, recuperar ríos, aumentar las superficies permeables y generar corredores verdes que conectan barrios y espacios naturales.

Sin embargo, convertir una ciudad en una auténtica Ciudad Esponja no consiste únicamente en construir más parques o plantar árboles. Requiere una planificación integrada que combine urbanismo, ingeniería, ecología y participación ciudadana. Es necesario revisar las normativas urbanísticas, incorporar criterios de permeabilidad en los nuevos desarrollos, recuperar espacios fluviales, proteger los suelos naturales y diseñar infraestructuras que trabajen con la naturaleza en lugar de intentar sustituirla.

También supone un cambio cultural. Durante décadas, las ciudades han considerado el agua de lluvia como un residuo que debía evacuarse rápidamente. Hoy sabemos que esa visión resulta cada vez más insostenible. El agua es un recurso estratégico cuya gestión determina la seguridad, la salud y la resiliencia de las ciudades.

El desafío es especialmente relevante en los países mediterráneos, donde la alternancia entre largos períodos de sequía y lluvias torrenciales será cada vez más frecuente como consecuencia del cambio climático. En este contexto, almacenar parte del agua de lluvia durante los episodios intensos puede contribuir posteriormente al riego de zonas verdes, la recarga de acuíferos o incluso determinados usos urbanos, reduciendo la presión sobre los recursos convencionales.

Las Ciudades Esponja representan, en definitiva, una nueva manera de entender la relación entre naturaleza y urbanismo. No pretenden eliminar el riesgo de inundación, sino gestionar el agua de forma inteligente, aprovechando los procesos naturales para aumentar la resiliencia de las ciudades. Frente a un modelo urbano basado en el hormigón y la impermeabilización, proponen otro donde la infraestructura verde y azul desempeña un papel tan importante como las calles, los edificios o las redes de transporte.

En un siglo marcado por el cambio climático, la escasez de agua y la creciente urbanización, las ciudades que mejor se adapten no serán necesariamente las que construyan más infraestructuras, sino aquellas capaces de recuperar los servicios que durante siglos prestó la naturaleza.

La dependencia europea del cobre. El oro rojo: una cuestión estratégica.

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Durante décadas el oro ha sido el gran protagonista entre las materias primas como valor refugio. Sin embargo, el nuevo escenario económico y tecnológico hace que el cobre centre de todas las miradas. La creciente demanda derivada de la transición energética, la electrificación del transporte, el desarrollo de centros de datos y el auge de la inteligencia artificial ha convertido al cobre en uno de los recursos más codiciados del planeta.

El cobre vive un momento histórico. Su precio ha alcanzado niveles récord y las previsiones apuntan a que continuará al alza debido a un problema estructural: la demanda crece mucho más rápido que la capacidad de producción. A diferencia del oro, cuya cotización suele responder a la incertidumbre financiera, el cobre se ha transformado en un activo esencial para el desarrollo industrial y tecnológico de las próximas décadas y es un metal imprescindible para la transición energética.

El cobre posee una de las mayores conductividades eléctricas entre los metales, solo superada por la plata. Esta característica lo convierte en un componente indispensable para prácticamente todas las tecnologías vinculadas a la descarbonización. Un vehículo eléctrico necesita entre dos y cuatro veces más cobre que uno con motor de combustión. Además, parques eólicos, instalaciones solares, baterías, redes eléctricas inteligentes y sistemas de almacenamiento energético dependen en gran medida de este material.

A ello se suma la voracidad de la inteligencia artificial. La construcción de grandes centros de datos requiere kilómetros de cableado, sistemas eléctricos de alta capacidad y equipos de refrigeración que incrementan notablemente el consumo de cobre. Todo ello explica que organismos y grandes compañías mineras estimen que la demanda mundial podría duplicarse antes de 2050.

El desafío de la oferta y la dependencia europea

El gran desafío para garatizar la disponibilidad de cobre está, además de inversiones multimillonarias, los exigentes procesos administrativos y los crecientes requisitos medioambientales, se suma el progresivo agotamiento de los yacimientos de mayor calidad.

La concentración de cobre en el mineral extraído es cada vez menor, lo que obliga a mover más toneladas de roca para obtener la misma cantidad de metal, incrementando tanto los costes como el consumo energético y supone igualmente un desafío medioambiental. Según las previsiones de la Agencia Internacional de la Energía, si no se desarrollan nuevos proyectos con suficiente rapidez, el mercado podría enfrentarse a un déficit cercano al 30 % hacia 2035, una situación que mantendría una fuerte presión sobre los precios durante años.

La dependencia europea del cobre se ha convertido en una cuestión estratégica. El continente importa alrededor del 40 % del metal que consume y compite directamente con economías como China, que continúa reforzando su control sobre numerosas cadenas de suministro de materias primas.

Por este motivo, la Unión Europea ha incorporado recientemente el cobre a su lista de materias primas fundamentales. La nueva Ley de Materias Primas Críticas pretende impulsar la minería europea, aumentar la capacidad de transformación industrial y fomentar el reciclaje como vía para reducir la dependencia exterior. No obstante, el sector considera que todavía existen importantes obstáculos, como la lentitud en la concesión de permisos, la elevada factura energética y la falta de mecanismos de financiación suficientes para acelerar nuevas inversiones.

La evolución del cobre refleja un cambio profundo en la economía mundial. Si durante décadas el petróleo fue el recurso que impulsó el crecimiento industrial, ahora son los minerales estratégicos los que marcan el rumbo de la nueva revolución tecnológica.

La electrificación, la digitalización y la inteligencia artificial seguirán incrementando la necesidad de este metal durante las próximas décadas. Mientras tanto, la dificultad para ampliar la producción mantiene un escenario de escasez que favorece precios elevados y convierte al cobre en uno de los activos más vigilados por inversores, gobiernos e industrias.

Todo indica que el denominado “oro rojo” ya no es simplemente una materia prima industrial. Se ha convertido en un recurso estratégico cuyo suministro será determinante para el desarrollo económico y tecnológico del siglo XXI.

Cómo el cambio climático está redefiniendo el empleo del siglo XXI.

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La conversación sobre la crisis climática suele centrarse en el aumento de las temperaturas, la pérdida de biodiversidad o los fenómenos meteorológicos extremos. Sin embargo, existe otra consecuencia menos visible, pero igualmente trascendental: la transformación del empleo. El cambio climático ya no solo condiciona dónde vivimos o cómo producimos; también está modificando la manera en que trabajamos, las competencias que demandan las empresas y las oportunidades laborales del futuro.

La pregunta ya no es si el cambio climático afectará al empleo. La evidencia demuestra que ya lo está haciendo. Como ha señalado recientemente Enrique Lendo, especialista en sostenibilidad y cambio climático, el concepto de “trabajo sostenible” debe ocupar un lugar central en la agenda económica, porque la transición hacia una economía baja en carbono será, sobre todo, una transformación del mercado laboral.

La Organización Internacional del Trabajo (OIT) advierte que el cambio climático y la degradación ambiental representan una amenaza creciente para el crecimiento económico y el empleo. Los impactos no se limitan a sectores tradicionalmente expuestos, como la agricultura o la pesca; también afectan a la construcción, el transporte, el turismo, la logística o la industria manufacturera.

El aumento de las temperaturas reduce la productividad de millones de trabajadores que desarrollan su actividad al aire libre o en espacios sin climatización adecuada. Al mismo tiempo, incrementa los riesgos para la salud laboral, obliga a modificar horarios y genera costes adicionales para empresas y administraciones.

Más del 70 % de la fuerza laboral mundial está expuesta a riesgos relacionados con el cambio climático

La OIT estima que más del 70 % de la fuerza laboral mundial está expuesta a riesgos relacionados con el cambio climático durante su jornada de trabajo, una cifra que ilustra la dimensión del desafío. Sin embargo, la transición energética también está generando nuevas oportunidades.

Existe una percepción extendida de que la transición ecológica supondrá la desaparición de numerosos puestos de trabajo. Es cierto que algunos sectores intensivos en combustibles fósiles deberán transformarse profundamente, pero un estudio del Banco Interamericano de Desarrollo y la OIT afirma que la transición hacia una economía de cero emisiones netas podría generar alrededor de 15 millones de nuevos empleos en América Latina y el Caribe antes de 2030, siempre que vaya acompañada de políticas públicas adecuadas y programas de formación.

La expansión de las energías renovables, la rehabilitación energética de edificios, la movilidad sostenible, la economía circular, la gestión del agua o la restauración de ecosistemas están impulsando perfiles profesionales que hace apenas una década apenas existían. También crece la demanda de instaladores, técnicos de mantenimiento, expertos en finanzas sostenibles, analistas de riesgos climáticos, profesionales de compras responsables, arquitectos, abogados especializados en regulación ambiental y gestores de datos ESG.

La sostenibilidad está dejando de ser un área de especialistas para convertirse en una competencia transversal.

El problema no será tanto la falta de empleo como el desajuste entre las capacidades disponibles y las que demandará la economía. El Foro Económico Mundial identifica la transición ecológica como una de las grandes fuerzas que transformarán el mercado laboral durante esta década. Al mismo tiempo, señala que el desarrollo de competencias verdes será uno de los principales factores de empleabilidad en los próximos años.

Esto obliga a replantear la formación profesional, la educación universitaria y los programas de reciclaje laboral. No bastará con crear nuevos empleos; será imprescindible facilitar que los trabajadores puedan acceder a ellos y en ese terreno cobra fuerza el concepto de transición justa.

La transición ecológica no puede medirse únicamente en toneladas de CO₂ evitadas. También debe evaluarse por su capacidad para generar empleo digno, reducir desigualdades y ofrecer alternativas reales a quienes trabajan en sectores que desaparecerán o deberán reconvertirse. La sostenibilidad ambiental solo será viable si también resulta socialmente sostenible.

El empleo del futuro será, necesariamente, más sostenible

El cambio climático está modificando el mercado laboral mucho antes de lo que imaginábamos. Algunos empleos desaparecerán, otros evolucionarán y surgirán nuevas profesiones vinculadas a la transición energética, la adaptación climática y la economía circular.

La cuestión no es si el trabajo cambiará, sino si seremos capaces de anticiparnos a ese cambio. Gobiernos, empresas, universidades y trabajadores comparten una responsabilidad común: convertir la transición ecológica en una oportunidad para generar empleo de calidad, impulsar nuevas competencias y construir una economía más resiliente.

Porque, al final, el mayor desafío del cambio climático no consiste únicamente en proteger el planeta. También consiste en garantizar que millones de personas puedan seguir encontrando en él un trabajo digno, seguro y preparado para el futuro como elemento fundamental de una sociedad competitiva, sostenible, equitativa, segura y democrática.

El liderazgo femenino, un activo estratégico para luchar contra el cambio climático.

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La transición hacia un modelo de desarrollo sostenible no dependerá únicamente de la innovación o de nuevas políticas públicas, sino de la capacidad de las personas para impulsar formas diferentes de tomar decisiones, colaborar y generar impacto. En esa transformación, el liderazgo femenino está demostrando ser un activo estratégico que ha sido en buena medida discriminado en las últinas décadas.

Durante años hemos entendido el cambio climático como un desafío tecnológico, económico o regulatorio. Sin embargo, cada vez resulta más evidente que también es un reto de liderazgo.

La reciente reflexión de Enrique Lendo, experto internacional en sostenibilidad y cambio climático, pone el foco en la importancia del tipo de liderazgo que necesitamos para afrontar el reto de la sostenibilidad y la lucha contra el cambio climático. Las organizaciones más preparadas para afrontar los desafíos ambientales son aquellas que integran la diversidad en sus procesos de decisión y entienden la sostenibilidad como un elemento central de su estrategia empresarial, no como un ejercicio de comunicación o cumplimiento normativo.

No se trata de afirmar que las mujeres lideran “mejor” por una cuestión de género. Se trata de reconocer que la diversidad en los equipos directivos incorpora perspectivas distintas que enriquecen la gestión de problemas complejos, precisamente el tipo de desafíos que plantea el cambio climático.

El cambio climático exige otro modelo de liderazgo. Es un fenómeno sistémico que afecta simultáneamente a la economía, la salud, la energía, la biodiversidad, las ciudades y la estabilidad social. Resolver un problema de esta magnitud requiere abandonar modelos de liderazgo excesivamente jerárquicos para avanzar hacia enfoques más colaborativos, multidisciplinares y orientados al largo plazo.

Las organizaciones con mayor diversidad en sus órganos de gobierno suelen obtener mejores resultados en aspectos ambientales, sociales y de gobernanza (ESG),

Precisamente estas características aparecen con frecuencia asociadas a los estilos de liderazgo más inclusivos, donde la escucha, la cooperación, la gestión de grupos de interés y la construcción de consensos adquieren un papel protagonista. Diversos estudios sobre sostenibilidad empresarial muestran que las organizaciones con mayor diversidad en sus órganos de gobierno suelen obtener mejores resultados en aspectos ambientales, sociales y de gobernanza (ESG), además de desarrollar una mayor capacidad de innovación frente a escenarios de incertidumbre.

La sostenibilidad ya no puede abordarse desde la competencia tradicional entre empresas y nos exige pasar de una cultura de la competencia a otra de la colaboración, incluso con la competencia. La transición climática exige colaboración entre sectores, administraciones públicas, entidades financieras, universidades y sociedad civil. Ninguna organización podrá alcanzar por sí sola los objetivos de descarbonización, adaptación o economía circular.

Este enfoque coincide con la visión que durante años ha defendido Christiana Figueres, una de las principales arquitectas del Acuerdo de París. Para la exsecretaria ejecutiva de la Convención Marco de Naciones Unidas sobre Cambio Climático, el liderazgo del futuro debe construirse sobre la cooperación, la visión compartida y la capacidad de movilizar a múltiples actores hacia objetivos comunes.

No es casualidad que muchas de las iniciativas internacionales más transformadoras en materia climática hayan estado lideradas por mujeres capaces de generar alianzas donde antes existía confrontación. El liderazgo para la sostenibilidad nos interpela a liderar pensando en el largo plazo frente a los resultados inmediatos.

Las decisiones relacionadas con el clima rara vez generan beneficios instantáneos. Reducir emisiones, proteger la biodiversidad o invertir en resiliencia supone asumir costes presentes para evitar impactos futuros mucho mayores. Este tipo de decisiones requiere una gobernanza basada en la responsabilidad intergeneracional.

Cada vez más investigaciones apuntan a que los equipos diversos incorporan con mayor facilidad variables sociales y ambientales en la toma de decisiones estratégicas, evaluando riesgos que tradicionalmente quedaban fuera de los indicadores financieros convencionales.

Hablar de liderazgo femenino y cambio climático no significa únicamente avanzar en igualdad de oportunidades, supone mejorar la calidad de las decisiones empresariales y la gobernanza. Cuando las organizaciones incorporan diferentes experiencias, trayectorias profesionales y formas de analizar los problemas, aumentan su capacidad para innovar, anticiparse a riesgos regulatorios y comprender mejor las expectativas de clientes, inversores y sociedad.

La sostenibilidad exige precisamente esa mirada amplia. No basta con calcular emisiones o publicar memorias ESG. Es necesario comprender cómo interactúan el cambio climático, la transformación energética, las cadenas de suministro, la digitalización o la justicia social. Solo desde la diversidad y la inclusividad se puede fortalecer esa visión sistémica.

El nuevo liderazgo climático puede emerger de quienes se incorporan hoy al mercado laboral. Las nuevas generaciones buscan organizaciones coherentes con sus valores, comprometidas con el impacto social y ambiental y capaces de ofrecer espacios de liderazgo inclusivos. En este contexto, promover el talento femenino deja de ser únicamente una política de recursos humanos para convertirse en un elemento de competitividad.

Muchos estudios ya lo demuestran. Las empresas que integran diversidad en sus órganos de decisión están mejor preparadas para atraer talento, acceder a financiación sostenible, responder a nuevas regulaciones y adaptarse a una economía baja en carbono. La transición climática es un proceso sobretodo humano y se necesitan líderes capaces de escuchar antes que imponer y colaborar antes que competir para construir soluciones compartidas frente a problemas extraordinariamente complejos.

El liderazgo femenino representa hoy una parte esencial de esa evolución. No porque exista una única forma de liderar, sino porque ampliar la diversidad en los espacios donde se toman las decisiones mejora la calidad de esas decisiones. La sostenibilidad ya no es una opción, sino una nueva forma de entender el desarrollo económico y empresarial. Y ese nuevo paradigma exige liderazgos capaces de integrar rentabilidad, innovación, inclusión y compromiso con el planeta.

Foto: Fundación Telefónica

El estado de los informes de sostenibilidad: tendencias globales en los estándares GRI 2025

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La sostenibilidad es un elemento estratégico de la gestión empresarial. En un contexto donde inversores, reguladores, clientes y la sociedad demandan cada vez más información sobre el desempeño ambiental, social y de gobernanza (ESG), la calidad y la transparencia del reporting se han convertido en un factor diferencial. El informe The State of Sustainability Reporting 2025, publicado por Global Reporting Initiative (GRI), ofrece una radiografía muy reveladora sobre la evolución del reporte de sostenibilidad a nivel mundial.

Los datos son contundentes. Tras analizar más de 14.600 empresas cotizadas en todo el mundo, el estudio confirma que GRI continúa siendo el estándar de reporte de sostenibilidad más utilizado a escala global. Actualmente, el 40% de las grandes compañías cotizadas elaboran sus informes siguiendo este marco, lo que supone representar aproximadamente el 62% de la capitalización bursátil mundial. Ningún otro estándar alcanza un nivel de implantación comparable, consolidando a GRI como la referencia internacional para comunicar los impactos económicos, ambientales y sociales de las organizaciones.

Sin embargo, el informe también refleja un cambio geográfico muy significativo. Mientras que en Europa y Norteamérica el crecimiento del uso de GRI muestra signos de estabilización, son las economías del denominado sur global las que están impulsando una nueva etapa de expansión.

Asia, América Latina y África evidencian que la sostenibilidad se está consolidando como una prioridad empresarial también en los mercados emergentes.

Algunos datos nacionales ilustran claramente esta tendencia. Taiwán alcanza un impresionante 95% de empresas reportando bajo GRI, mientras que Argentina llega al 82% y Colombia al 79%.

España, por su parte, presenta una cifra igualmente destacada: el 67% de las empresas cotizadas utilizan este estándar, cubriendo cerca del 89% de la capitalización bursátil nacional. Estos porcentajes reflejan una cultura consolidada de transparencia corporativa y posicionan al país entre las jurisdicciones más avanzadas en materia de información ESG.

No obstante, interpretar la evolución del reporting únicamente desde la perspectiva de un estándar sería un error. El informe pone de manifiesto una realidad que ya se observa en la práctica empresarial: el reporting de sostenibilidad es, por naturaleza, un ejercicio multimarco.

Las organizaciones no eligen un único estándar, sino que combinan distintos marcos para responder a las necesidades de diferentes grupos de interés y a las exigencias regulatorias de cada mercado. De hecho, el 80% de las empresas que utilizan los estándares del International Sustainability Standards Board (ISSB) también elaboran informes conforme a GRI. De igual manera, el 83% de las compañías que aplican los estándares SASB mantienen simultáneamente el uso de GRI.

Esta coexistencia demuestra que los distintos estándares no compiten entre sí, sino que cumplen funciones complementarias. Mientras GRI mantiene un enfoque centrado en los impactos de la organización sobre las personas, el medio ambiente y la sociedad, otros marcos como ISSB responden principalmente a las necesidades de los mercados financieros, aportando información orientada a la materialidad financiera. La combinación de ambos enfoques permite ofrecer una visión mucho más completa y útil del desempeño empresarial.

En Europa, la aparente disminución del uso de GRI debe interpretarse precisamente desde esta lógica de transición. No se trata de un abandono del reporting ESG, sino de la incorporación progresiva de los nuevos European Sustainability Reporting Standards (ESRS), desarrollados en el marco de la Directiva sobre Información Corporativa en Materia de Sostenibilidad (CSRD).

Los ESRS introducen nuevas obligaciones de información para miles de empresas europeas y representan un cambio profundo en la forma de reportar la sostenibilidad. Sin embargo, este proceso no implica sustituir completamente los estándares existentes. Muy al contrario, numerosas organizaciones continúan utilizando GRI como base metodológica para determinados indicadores y para mantener la comparabilidad internacional de sus informes.

En este nuevo escenario, la verdadera cuestión ya no consiste en decidir si una empresa debe reportar su desempeño en sostenibilidad. Esa etapa está prácticamente superada. El desafío consiste en integrar de forma coherente distintos marcos de referencia, evitando duplicidades y aprovechando las sinergias entre ellos.

La interoperabilidad entre GRI, ESRS, ISSB y otros marcos emergentes como las recomendaciones de la Taskforce on Nature-related Financial Disclosures (TNFD) deja de ser un aspecto puramente técnico para convertirse en una capacidad estratégica. Las organizaciones que sean capaces de diseñar un sistema único de recopilación y gestión de datos podrán responder simultáneamente a múltiples requerimientos regulatorios y de mercado con mayor eficiencia, reduciendo costes y mejorando la calidad de la información.

Para las empresas españolas, este contexto ofrece tanto una oportunidad como un reto. El elevado nivel de implantación de GRI demuestra que existe una sólida experiencia en materia de reporte de sostenibilidad. Sobre esa base, el siguiente paso consiste en incorporar los requisitos de los ESRS sin perder la profundidad, la claridad y la orientación hacia los grupos de interés que tradicionalmente ha caracterizado al estándar GRI.

En definitiva, la transparencia en sostenibilidad evoluciona hacia una nueva etapa en la que la calidad de la información será tan importante como su cumplimiento normativo. Los informes dejarán de ser simples documentos de comunicación para convertirse en herramientas de gestión, de creación de confianza y de generación de valor. Aquellas organizaciones que entiendan esta transformación no solo cumplirán con las nuevas exigencias regulatorias, sino que estarán mejor preparadas para competir en un entorno donde la sostenibilidad forma parte de la estrategia empresarial y de la toma de decisiones.